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Vandana Shiva: sembrando esperanza, cosechando futuro

Ilustración por Valeria Cafagna

El nombre de Vandana Shiva, la gran abanderada del ecofeminismo, resuena como un eco inspirador en el mundo de la agricultura ecológica y la defensa del medio ambiente. Su vida es un viaje extraordinario en la búsqueda de un mundo más justo y sostenible. 


Nacida en la India en 1952, Vandana Shiva es una destacada ecofeminista, filósofa, autora y defensora del medio ambiente. Con una pasión inquebrantable por la tierra, estudió física teórica en la Universidad de Punjab y obtuvo su doctorado en la Universidad de Western Ontario. Su amor por la ciencia y la naturaleza hizo que tuviera una comprensión profunda de la importancia de la biodiversidad.

Se convirtió en una referencia a nivel mundial en el ámbito de la agroecología gracias a su papel como activista en contra de la agricultura industrial

Criada en las colinas del Himalaya, Vandana Shiva demostró su inquietud por el medio ambiente desde muy temprana edad. Con un padre guardabosques y una madre granjera, exploraba cada día la diversidad del entorno, aprendiendo las lecciones que la tierra le ofrecía.

Sin embargo, a medida que crecía, Shiva observaba que la belleza de tu tierra natal estaba en peligro. La agricultura industrial estaba dejando cicatrices en la naturaleza, envenenando ríos y amenazando la vida de las comunidades rurales que dependían de la agricultura.

Luchadora histórica y constante

Vandana Shiva se convirtió en una referencia a nivel mundial en el ámbito de la agroecología gracias a su papel como activista en contra de la agricultura industrial. Una de las historias más destacadas de Shiva es su enfrentamiento con una poderosa corporación de agroquímicos. En la década de 1980, Monsanto intentó introducir algodón transgénico en la India. Shiva, junto con algunos agricultores locales, lideró la resistencia. Viajó por aldeas remotas, compartiendo su conocimiento sobre agricultura orgánica y la importancia de preservar las semillas tradicionales. Finalmente, lograron que el gobierno indio revocara la patente de Monsanto, una victoria de gran calado para la agricultura sostenible y la soberanía alimentaria.

Shiva: «Somos la Tierra. Lo que le sucede a la Tierra, nos sucede a nosotros»

La visión de Vandana Shiva va más allá de la agricultura. Ella entiende la Tierra como una entidad sagrada y cree que la explotación desenfrenada de los recursos naturales es la raíz de problemas globales como el cambio climático, la desigualdad y el hambre. Su mensaje es claro: «Debemos cambiar nuestra relación con la Tierra y vivir en armonía con la naturaleza si queremos construir un futuro sostenible»

Su preocupación por el medio ambiente y la justicia social le llevó a fundar Navdanya, una organización que promueve la conservación de la biodiversidad y el cultivo de semillas orgánicas. La fundación ha capacitado a miles de agricultores en prácticas agrícolas sostenibles y ha conservado cientos de variedades de semillas tradicionales que de otra manera habrían desaparecido.

El ecofeminismo como compromiso

Una parte esencial de la filosofía de Vandana Shiva es el ecofeminismo, un enfoque que combina la conciencia ambiental con la igualdad de género. La autora sostiene que la explotación de la naturaleza y la opresión de las mujeres están interconectadas. Al dañar a la Tierra, también se daña a las mujeres. Esta perspectiva nos invita a reflexionar sobre nuestras acciones y a luchar por la igualdad de género y la sostenibilidad de manera conjunta.

A través de su defensa de la biodiversidad y la resistencia a la agricultura industrial, Shiva encarna la unión entre la lucha feminista y la lucha medioambiental. En su filosofía, la Tierra es un ser viviente que forma parte de cada individuo, y su defensa de la transformación hacia un mundo libre de desigualdad, injusticia y hambre es un llamado a la acción que resuena en la lucha por un futuro más justo y sostenible. Porque como ella misma ha dicho: «Somos la Tierra. Lo que le sucede a la Tierra, nos sucede a nosotros».

El nuevo régimen de las estaciones

Nos dirigimos a un régimen de estaciones en el que las lluvias y las bajas temperaturas tras el estío se harán esperar cada vez más; y que el paso de la manga corta al paraguas será más brusco y repentino de lo habitual.


A mediados de octubre, todavía estábamos en manga corta, con temperaturas en buena parte del país por encima de los veinte grados. De un día a otro, las lluvias y las bajas temperaturas empezaron a alcanzar, una a una, a las diferentes ciudades de España. Se trata de una anomalía que está dejando de serlo: en los últimos años, los octubres europeos han registrado temperaturas entre 10 y 15 ºC por encima de lo habitual. El verano no acaba de terminar para dar paso al otoño y este, poco a poco, pierde su protagonismo.

Un estudio de la AEMET demuestra cómo los veranos tienden a abarcar hasta cinco semanas más de lo que lo hacían a principios de los años 80

Ya en 2018, un estudio del Centro de Investigación Atmosférica de Izaña, adscrito a la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), señalaba que el cambio climático estaba alterando las estaciones del año. Esto era especialmente patente en las estaciones templadas o de transición, es decir, la primavera y el otoño. Las temperaturas propias del verano tienden cada vez más a aparecer mucho antes y a alargarse hasta bien entrado el otoño. Ejemplo de ello son los récords de temperatura que alcanzaron los termómetros durante el último verano: 37,9ºC en Badajoz el pasado 30 de septiembre, 38,2ºC en Montoro (Córdoba) el 1 de octubre o 37 ºC que se alcanzaron el 2 de octubre en el aeropuerto de Bilbao.

El citado estudio, basado en un análisis de las temperaturas entre 2010 y 2017, no apreciaba apenas variaciones en los meses centrales del invierno, es decir, en enero y febrero. Los cambios más acusados tienen lugar entre abril y junio, por un lado, y entre septiembre y octubre por el otro. Esta tendencia se ha profundizado desde entonces, con veranos y otoños más cálidos cada año que pasa: el informe sobre el Estado del Clima de España de 2022, elaborado por la AEMET, constata que «todos los meses, salvo marzo y abril, registraron temperaturas superiores a su promedio normal, y tanto el verano como el otoño fueron los más cálidos de la serie».

En los últimos años, los octubres europeos están registrando temperaturas entre 10 y 15 ºC por encima de lo habitual

Las consecuencias de esta tendencia son un avance de los climas semiáridos y la correspondiente reducción de las precipitaciones. Benito Fuentes, meteorólogo de la AEMET, publicó el pasado mes de junio un artículo que corrobora «un alargamiento evidente del periodo estival desde la década de 1940 (…) Si los veranos se están volviendo más largos, esto se logra a costa de ‘robarle’ días a la primavera y al otoño».

Aunque es improbable que el otoño vaya a desaparecer por completo, lo que sí indican las estadísticas es que las lluvias y la bajada de temperaturas tras el estío se harán esperar cada vez más; y que el paso de la manga corta al paraguas y al chubasquero será más brusco y repentino de lo habitual.

El saldo de la contaminación atmosférica

Más de 238.000 personas, el equivalente a los habitantes de la provincia de Guadalajara, mueren prematuramente cada año en Europa por el aire que respiran. Es el alto precio de la contaminación atmosférica, que no solo afecta a los que sufren un desenlace fatal, sino a la gran mayoría de la población, como alerta cada año la Agencia Europea de Medio Ambiente. 

Las responsables de estas cifras son partículas en suspensión, con una estructura más fina que el cabello humano, que pasan al torrente sanguíneo a través de la respiración provocando enfermedades respiratorias y cardiovasculares, entre otras. Están compuestas de sustancias químicas orgánicas como el polvo, el hollín y los metales y se calcula que el 97% de la población europea está expuesta a ellos. 

Pero no son las únicas que causan problemas de salud irremediables. A esas 238.000 muertes hay que sumar las 49.000 provocadas por el dióxido de nitrógeno, que emiten fundamentalmente los motores de combustión, especialmente el diésel. La exposición a este agente contaminante alcanzaba ya en 2021 al 90% de los europeos. Una exposición que provoca una menor resistencia a las infecciones, por lo que se asocia a un aumento de las enfermedades respiratorias crónicas y al envejecimiento prematuro de los pulmones.

Morir o no por culpa de estos contaminantes tiene mucho que ver con dónde nazcas y vivas, ya que es un riesgo relacionado con la riqueza de cada territorio. Así, como puede verse en los mapas, los países mediterráneos pierden en total más años de vida a causa de las partículas finas que los países nórdicos, parecido a lo que ocurre con el dióxido de nitrógeno. El ozono afecta más a Europa oriental, registrando tasas más altas en países como Rumanía, Bulgaria o Polonia. Este agente peligroso afecta especialmente a las personas con asma y problemas respiratorios. Solo en 2020 se cobró hasta 24.000 muertes, según estima la Unión Europea. 

Además del impacto en la salud humana, los contaminantes del aire también conllevan una gran pérdida en biodiversidad, con un 59% de bosques y un 6% de tierras agrícolas expuestas a niveles nocivos de ozono en Europa en 2020. Se estima que las pérdidas económicas sólo por el rendimiento del trigo alcanzaron unos 1.400 millones de euros en 35 países europeos en 2019. Los campos de Francia, Alemania, Polonia y Turquía son los grandes damnificados.

A pesar de las altas cifras, lo cierto es que en las últimas décadas todos estos agentes contaminantes están reduciendo su presencia en el medio ambiente, aunque no todos bajan por igual. Por ejemplo, el agente más letal, las partículas en suspensión, se ha reducido en un 45% desde 2005, más que el amoniaco, pero menos que el óxido de azufre.

 

Para continuar en la senda de la reducción de agentes contaminantes, la Unión Europea puso en marcha en octubre de 2022 el plan de acción «Contaminación cero», en el marco del Pacto Verde Europeo, con el que se ha fijado el objetivo de reducir la contaminación del aire, el agua y el suelo para 2050 a niveles que ya no sean perjudiciales para la salud. “Las amenazas persistentes a la salud de nuestro planeta también exigen soluciones urgentes”, aseguró la Comisión Europea.

2057, año en el que podría estropearse el termostato del clima

Una Europa helada y una región ecuatorial ardiendo serían solo dos de las consecuencias que tendría el frenazo de la corriente oceánica del Atlántico, una de las principales encargadas de regular el clima en la Tierra. Este escenario podría estar más próximo de lo que pensamos: en 2057, según la teoría más probable de un estudio publicado el pasado julio en Nature Communications

Setenta años en los que llegaría la catástrofe si la metodología aplicada no se equivoca

Sus autores son los hermanos Peter y Susanne Ditlevsen, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca). Este trabajo bebe de otras investigaciones similares que advierten del posible colapso de la circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés), su nombre oficial; a diferencia de las anteriores, la conclusión para los daneses es que es inminente que esto ocurra si sigue el actual ritmo de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). 

Incluso prevén que llegue en algún momento entre 2025 y 2095. Setenta años en los que llegaría la catástrofe si la metodología aplicada no se equivoca: el intervalo de confianza de los resultados es de un 95%. 

Ni siquiera el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) se lanzó a la piscina de esa manera en su último informe de evaluación (conocido como Assessment Report 6 o AR6, por ser el sexto). En este también abordaban la cuestión de la AMOC, sugiriendo como «improbable» que se produjera un colapso total durante el siglo XXI.

Los Ditlevsen se muestran distantes de esa hipótesis: «Estimamos que se producirá hacia mediados de siglo en el escenario actual de emisiones futuras», escriben. Esa disparidad entre unos modelos probabilísticos y otros no es rara: tiene relación directa con los parámetros a utilizar y, además, ocurre que el punto de no retorno de dicha corriente atlántica «está poco definido».

La corriente se debilita

El tránsito de doble sentido en el interior del océano posibilita que el clima de la región geográfica del Atlántico norte sea templado o, al menos, no sufra de temperaturas extremas. La corriente del Golfo (nace en el Golfo de México) es de agua caliente, menos densa. Esta cualidad hace que descienda y se desplace a una mayor velocidad. Mientras que su hermana atlántica es más fría, por ende, más densa y tiende a ascender a la superficie, donde se calienta.

Hay dos señales de alerta temprana (SAT) que los investigadores observaron para completar sus predicciones: el aumento de la varianza (que provoca la pérdida de resistencia) y, también, la autocorrelación (síntoma de una ralentización crítica). Todo, sin olvidar el contexto de calentamiento global que, solo en Europa, ya está 2,2 grados por encima de los niveles preindustriales. 

Es bien conocido el derretimiento de los polos a causa de la acción humana. El problema radica en que el agua resultante es dulce y, a diferencia de la salada de los mares (aunque ambas estén frías), no es tan densa y no se hunde como debería para permitir el flujo natural de las corrientes oceánicas, lo que acaba por debilitar el sistema circulatorio del planeta.

Y aquí empieza la incertidumbre con la que tienen que jugar todos los trabajos probabilísticos que tratan de determinar cuándo podría darse el colapso de la corriente atlántica. Son los «sesgos de los modelos» que menciona el estudio: falta homogeneidad en los registros históricos a nivel climático y, además, hay otros factores como la representación de las aguas profundas, la salinidad y el retroceso de los glaciares (escorrentía). Por eso algunos resultados consideran la AMOC mucho más estable de lo que podría ser en realidad.

En el periodo comprendido entre 2004 y 2012 se observó una disminución de la actividad de la corriente del Atlántico.

Esta corriente se empezó a monitorizar en 2004 mediante diferentes técnicas (como equipos de medición anclados al fondo marino, corrientes eléctricas inducidas en cables submarinos o medidores de la superficie marina vía satélite). En el periodo comprendido entre ese año y 2012 se observó una disminución de la actividad de la corriente del Atlántico. «Pero se necesitan registros más largos para evaluar su importancia», precisan los investigadores. 

De lo que no cabe duda es de que si se cumpliese la profecía lanzada por los hermanos suecos, la especie humana podría volver aproximadamente 12.000 años atrás, última vez que se estima que la AMOC se apagó en la última glaciación que ha vivido el planeta.

Europa se calienta el doble de rápido que el resto del planeta

El aumento de la temperatura media desde la era preindustrial y hasta hoy tiene su máximo exponente en Europa, donde ya es 2,2 grados centígrados mayor que a mediados del siglo XIX, casi el doble de los 1,2 a nivel mundial, según recoge el informe ‘Estado del Clima en Europa en 2022’, publicado el pasado mes de junio y en el que han participado varios servicios del Programa Copernicus de la Unión Europea (UE), además de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

Casi todo lo que podía ir mal, va mal: los episodios de calor extremo son cada vez más frecuentes cada año con temperaturas inauditas (el verano pasado fue de media 10 grados superior a lo habitual en Europa occidental); los mares que bañan nuestras costas están cada vez más calientes, al igual que los lagos; la masa de los glaciares que se ha derretido (sobre todo en los Alpes) equivale a 5,4 veces el peso de la torre Eiffel; la falta de precipitaciones generalizada (un 10% inferior) ha propiciado una sequía ya patente en España, donde también se vivió en 2022 la peor temporada de incendios en más de una década (315.705 hectáreas, según el European Forest Fire Information System) y que en todo el continente será recordada por contabilizar la segunda mayor superficie forestal calcinada desde que hay registros (más de 900.000 hectáreas en total).

A todo lo anterior se suma la mayor insolación “jamás registrada” en el continente, con hasta 130 horas de sol más que la media (sobre todo, entre enero y julio) y, a su vez, una nubosidad anual un 4% inferior al promedio, siendo la segunda más baja registrada por los sistemas satelitales.

Tres centímetros, millones de afectados 

El aumento medio del nivel del mar a nivel global ha sido de tres centímetros desde 1993, tal como difundió a mediados de junio la NASA, que cifraba el incremento en hasta 11 centímetros. Parecen distancias pequeñas, pero afectan a millones de habitantes de zonas costeras. La causa se halla en la “pérdida sustancial y prolongada”, subrayan en el informe, de las masas de hielo desde mediados del siglo XIX.

La llegada este año del fenómeno meteorológico El Niño calentará los océanos, cuya temperatura ya es casi un grado superior desde la época preindustrial

Mundialmente, se han derretido 8.600 kilómetros cúbicos desde 1997, mientras que en Europa (sin contar Groenlandia), la superficie que ha desaparecido ronda los 960. La realidad es que las temperaturas en el Ártico han aumentado mucho más rápidamente que en la mayor parte del resto del planeta: el calentamiento estimado es de hasta 3 grados centígrados desde 1970. Mientras, en el Antártico, los autores del estudio aseguran que los cambios “son más inciertos”.

Pero no mejores: el hielo marino antártico alcanzó su mínimo registrado en febrero de 2022. A finales del mismo año, el deshielo en la capa que recubre Groenlandia no tuvo precedentes. Al menos una cuarta parte de su superficie (el 23% de los más de dos millones de kilómetros cuadrados que abarca) se vio afectada durante una de las tres olas de calor del pasado septiembre.

Y todo lo anterior se verá enmarcado por la llegada del fenómeno climatológico El Niño (en alternancia con La Niña, que enfría los océanos) cuya fase cíclica ha comenzado este año y previsiblemente propiciará el calentamiento de las aguas. Hay que tener en cuenta que la temperatura de la superficie marina ha aumentado, desde 1850, en 0,9 grados. Donde más, en el Océano Ártico, en algunas regiones del Pacífico alejado de las zonas tropicales, y los mares Báltico y Negro.

La España que arde

Como toda la provincia de Almería. Esa es la superficie arrasada en España en la última década como consecuencia de los incendios. En total, 900.759 hectáreas desde 2013, o lo que es lo mismo: como si la Casa de Campo, el parque más grande de Madrid, se quemase 586 veces.

Cada año, con la llegada del verano y las altas temperaturas, las noticias sobre la aparición, evolución y extinción de grandes fuegos se reparten por toda la península. El año 2022 fue especialmente grave: solo entonces se quemó un tercio de todo lo ardido en la última década, 306.555 hectáreas, un 261% más que el año anterior con 493 incendios registrados y fuegos especialmente virulentos en Zamora, Orense y Zaragoza.

 

 

Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), creado por la Comisión Europea, en lo que llevamos de año la cifra de área quemada asciende ya a las 69.240 hectáreas, casi 40 veces la Casa de Campo o 111.000 campos de fútbol. Hasta junio de 2023, además, se han registrado 15 grandes incendios, con focos importantes ya en el mes de marzo, especialmente en Valdés y Allande, ambos en Asturias, y en mayo en Pinofranqueado,  Cáceres.

Es una muestra de los efectos del calentamiento global, que adelanta el calor y, con él, la temporada de incendios. Aunque sin duda el siniestro que más imágenes devastadoras ha dejado este año es el de La Palma, que ha arrasado durante el mes de julio 4.650 hectáreas, entrando incluso en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, y obligando a la evacuación de 4.200 personas.

 

Cambio climático y despoblación

El cambio climático y la despoblación son las principales causas que encienden la mecha. En las últimas décadas, las zonas rurales han ido perdiendo población a la vez que se han ido abandonando campos a su suerte, sin nadie que ponga coto al crecimiento de vegetación descontrolada que se transforma en un combustible forestal, prendiendo más rápidamente cuanto más altas sean las temperaturas.  “A escalas temporales pequeñas y medias el clima condiciona la predisposición del combustible para arder (inflamabilidad) así como su combustión”, explica el último informe Los Incendios Forestales en España  del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que corresponde al decenio 2006-2015.

El 60% de los incendios son intencionados, a menudo por ganaderos o campesinos que quieren eliminar matorrales o regenerar los pastos

Concretamente, las zonas urbanizadas rodeadas de campo son las más proclives al peligro de incendio, ya que el factor humano suele ser fundamental para que la llama prenda. Según datos del Ministerio recopilados por la Fundación Civio, el 60% de los incendios son intencionados, a menudo por ganaderos o campesinos que quieren eliminar matorrales o regenerar los pastos. Los incendios provocados por un rayo o por accidente corresponden únicamente al 2,2% y al 22,5% respectivamente para el periodo que comprende de 2001 a 2015, el último año publicado por este organismo. Al contrario de lo que a menudo se cree, que son provocados con personas con inclinaciones psicópatas, solo el 5,9% corresponden a pirómanos, y el 3,6% a actos de vandalismo. Y únicamente el 0,31% fueron ocasionados para modificar el uso del suelo.

 

 

Las comunidades del norte de España, especialmente Galicia, Asturias y Cantabria, son las más afectadas históricamente por los incendios. No solo el terreno se pierde, con un suelo que puede tardar entre uno y cinco años en volver a ser fértil y hasta un siglo en volver a ser el que era en los casos de bosque frondosos; a veces, también veces se pierden vidas: solo en el periodo entre 2001 y 2015 se registraron 57 muertes y 608 heridos como efecto colateral de las llamas. No necesariamente las zonas con más mayor vegetación son las más afectadas, de hecho, las áreas desarboladas suelen ser las que más padecen los efectos del fuego prácticamente todos los años.

 

 

 

Menos fuegos, pero más intensos

El número de incendios ha ido subiendo paulatinamente con el paso de los años, con una tendencia muy visible desde la década de los 80, que no empieza a bajar hasta 1995, y más especialmente a partir de 2005. “Este descenso marcado a partir de 1994 se ha venido explicando debido, en gran parte, a la implantación, desarrollo y mejora de la eficacia de los dispositivos de extinción de incendios forestales autonómicos, tras el traspaso de competencias desde el Estado, incluyendo la consecución de resultados de las diversas actuaciones preventivas iniciadas en años precedentes”, explicaba el Ministerio sobre esta tendencia.

Aun así, el peor año hasta la fecha corresponde a 1995, cuando hubo más de 25.000 incendios en todo el país, prácticamente los mismos que diez años después, en 2005. Coincide con que los periodos 1991-1995 y 2004-2007 fueron años de sequía prolongados, según la Agencia Estatal de Meteorología.

 

 

“En la evolución del número de siniestros el clima es un factor determinante, pero especialmente las circunstancias políticas, sociales, económicas o culturales que favorecen o reducen la intencionalidad, accidentalidad o negligencia”, explica el informe. Las diferencias de un año para otro que se observan en el gráfico se explican por la gran variabilidad climática interanual.

Aunque el número de fuegos se reduce, cada vez hay más superincendios que abarcan más extensión y son más difíciles de extinguir

La tendencia a la baja es palpable también si se compara entre décadas. Entre 2010 y 2019 el número de siniestros se redujo un 36% respecto a la década anterior, y la superficie quemada en los incendios forestales, un 27%, según datos del Fondo Ambiental para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés).

Pero, aunque el número de incendios se reduce, estos se han convertido en más cruentos. Es lo que los ambientalistas han denominado “superincendios”, porque arrasan mucha más extensión y son más difíciles de extinguir. Eso explica que su descenso sea mayor en número que en hectáreas. “El aumento en la proporción de incendios extremos obliga a cuantificar los daños ecológicos, sociales y económicos que deja cada año el fuego. Los grandes incendios forestales en España apenas suponen el 0,18%, pero en ellos arde el 40% de la superficie total afectada. En España y Portugal, lamentablemente, tenemos varios ejemplos de estos grandes incendios forestales incontrolables y devastadores en nuestra historia reciente”, explican desde WWF.

 

 

Medios para acabar con las llamas

Hace años que España intenta ganarle la batalla al fuego, dedicando más esfuerzos y medios con cada campaña de verano, aunque es una guerra que viene de lejos. En 2015 se cumplieron 60 años desde la puesta en marcha de la primera unidad de la Administración dedicada concretamente a la defensa de los montes frente a los incendios forestales. Y este año hará más de medio siglo desde la aprobación de la primera norma dedicada expresamente a los incendios forestales, la Ley 81/1968, que regulaba particularmente la prevención y extinción, la protección de bienes y personas, la sanción de infracciones y la restauración de la riqueza forestal afectada.

Así, si en 2001 había dos personas por cada hectárea en llamas, en 2013 esta cifra se elevó a 68. En cuanto a medios, han pasado de dos para cada 10 hectáreas a siete en esos mismos años. Este mismo verano, España cuenta con casi 60 aeronaves para extinguir fuegos, y unos 14 equipos y brigadas distribuidos por toda la geografía, especialmente en las zonas más problemáticas. Organizaciones ambientalistas como WFF afirman que además de medios, hacen falta más esfuerzos en gestión forestal y planificación territorial, que eviten su proliferación y favorezcan una extinción más rápida.

 

 

 

Y no es un desafío solo para España: según un informe de Naciones Unidas elaborado por 50 científicos de todo el mundo, se calcula que los incendios forestales aumentarán un 30% para 2050 y un 50% para fin de siglo debido a la crisis climática, y podrían afectar incluso a zonas que nunca han padecido este problema, como el Ártico.

Así impacta el ciclo vital del Sol sobre la Tierra

El Sol es una estrella viva. Por ende, pasa por distintos ciclos que duran habitualmente unos 11 años y en los que los polos magnéticos solares se invierten. Entre los giros, la radiación solar total aumenta y disminuye, y esa fluctuación se siente en nuestro planeta. Durante el mínimo solar, es normal que se enfríe la termosfera, una de las capas atmosféricas más alejadas de la superficie terrestre, y que, en el punto máximo del ciclo, se caliente.

Actualmente, la enorme estrella alrededor de la cual orbitamos está pasando por una fase de gran intensidad y está cerca de alcanzar su pico máximo. ¿Qué significa esto? Que han aparecido nuevas manchas de donde surgen llamaradas solares. De acuerdo con la Agencia Espacial Europea, estas erupciones calientan las partículas a millones de grados y producen un estallido de radiación en todo el espectro electromagnético, desde las ondas de radio hasta los rayos X y los rayos gamma.

Aunque a veces aparecen bulos que afirman que las erupciones solares causan el calentamiento global, lo cierto es que estas variaciones en la radiación solar no influyen a largo plazo sobre el clima terrestre

Estos cambios en la meteorología espacial hacen que el llamado viento solar, la gran masa de plasma que sale del Sol, produzca tormentas geomagnéticas en las capas más altas de nuestra atmósfera. Un fenómeno que explica por qué en los últimos meses se han registrado impresionantes imágenes de auroras boreales en latitudes muy lejanas de los polos, como Extremadura o el sur de Estados Unidos.

Pero la alta actividad del Sol también puede producir otros efectos menos vistosos, especialmente cuando lanza erupciones solares de clase X. En febrero, estas ionizaron la capa superior de la atmósfera, llevando a interrupciones en las radiofrecuencias por debajo de los 30 MHz en algunos lugares de Sudamérica.

Y no solo eso. El impacto de este tipo de fulguraciones puede afectar el campo magnético de la Tierra, con el potencial de generar afecciones para infraestructuras  o perturbar las señales de navegación y representar riesgos para los astronautas y las naves espaciales.

Pico máximo

Se estima que el pico del actual ciclo solar ocurra el próximo año o en 2025; no obstante, científicos como Scott W. McIntosh han planteado la posibilidad de que este se adelante y de que a finales de 2023 o comienzos de 2024 se dé un "evento terminator", es decir, el fin abrupto del ciclo solar habitual. Esto explicaría por qué este año estamos siendo testigos de los efectos de uno de los periodos más fuertes del Sol de la última década.

Pero lo cierto es que las tormentas solares y el avistamiento de auroras boreales más cerca del ecuador no es un fenómeno nuevo. En 1859, el llamado evento Carrington —la mayor tormenta solar documentada— quemó la red de telégrafos en EE.UU. y el Reino Unido, y logró que la noche se volviera día en el Caribe y las islas Canarias.

El clima y el Sol

De vez en cuando aparecen bulos que culpan al Sol del inminente cambio climático. Sin embargo, las fluctuaciones producidas por los ciclos solares en la irradiancia total no son lo suficientemente fuertes para influir a largo plazo sobre el clima terrestre. "Los científicos no han podido encontrar pruebas convincentes de que el ciclo de 11 años se refleje en ningún aspecto del clima más allá de la estratosfera, como la temperatura de la superficie, las precipitaciones o los patrones del viento”, sostiene la NASA.

Las tormentas solares tienen el potencial de generar afecciones, entre otras, a señales de navegación

Pero de lo que no cabe duda es que el Sol es esencial para el equilibrio vital de la Tierra. Su radiación electromagnética es fundamental para el funcionamiento de los ecosistemas, la fotosíntesis, los ritmos biológicos y el ciclo del agua, además de que representa una excelente fuente de energía renovable. Sin él, no existirían las condiciones necesarias para sustentar la vida en nuestro planeta. Por eso deben monitorizarse sus ciclos para que seamos más resilientes ante las tormentas solares, y podamos comprender mejor que lo que está mostrando hoy en día la meteorología espacial es una poderosa fase de su ciclo vital.