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2057, año en el que podría estropearse el termostato del clima

Una Europa helada y una región ecuatorial ardiendo serían solo dos de las consecuencias que tendría el frenazo de la corriente oceánica del Atlántico, una de las principales encargadas de regular el clima en la Tierra. Este escenario podría estar más próximo de lo que pensamos: en 2057, según la teoría más probable de un estudio publicado el pasado julio en Nature Communications

Setenta años en los que llegaría la catástrofe si la metodología aplicada no se equivoca

Sus autores son los hermanos Peter y Susanne Ditlevsen, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca). Este trabajo bebe de otras investigaciones similares que advierten del posible colapso de la circulación de vuelco meridional del Atlántico (AMOC, por sus siglas en inglés), su nombre oficial; a diferencia de las anteriores, la conclusión para los daneses es que es inminente que esto ocurra si sigue el actual ritmo de emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). 

Incluso prevén que llegue en algún momento entre 2025 y 2095. Setenta años en los que llegaría la catástrofe si la metodología aplicada no se equivoca: el intervalo de confianza de los resultados es de un 95%. 

Ni siquiera el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés) se lanzó a la piscina de esa manera en su último informe de evaluación (conocido como Assessment Report 6 o AR6, por ser el sexto). En este también abordaban la cuestión de la AMOC, sugiriendo como «improbable» que se produjera un colapso total durante el siglo XXI.

Los Ditlevsen se muestran distantes de esa hipótesis: «Estimamos que se producirá hacia mediados de siglo en el escenario actual de emisiones futuras», escriben. Esa disparidad entre unos modelos probabilísticos y otros no es rara: tiene relación directa con los parámetros a utilizar y, además, ocurre que el punto de no retorno de dicha corriente atlántica «está poco definido».

La corriente se debilita

El tránsito de doble sentido en el interior del océano posibilita que el clima de la región geográfica del Atlántico norte sea templado o, al menos, no sufra de temperaturas extremas. La corriente del Golfo (nace en el Golfo de México) es de agua caliente, menos densa. Esta cualidad hace que descienda y se desplace a una mayor velocidad. Mientras que su hermana atlántica es más fría, por ende, más densa y tiende a ascender a la superficie, donde se calienta.

Hay dos señales de alerta temprana (SAT) que los investigadores observaron para completar sus predicciones: el aumento de la varianza (que provoca la pérdida de resistencia) y, también, la autocorrelación (síntoma de una ralentización crítica). Todo, sin olvidar el contexto de calentamiento global que, solo en Europa, ya está 2,2 grados por encima de los niveles preindustriales. 

Es bien conocido el derretimiento de los polos a causa de la acción humana. El problema radica en que el agua resultante es dulce y, a diferencia de la salada de los mares (aunque ambas estén frías), no es tan densa y no se hunde como debería para permitir el flujo natural de las corrientes oceánicas, lo que acaba por debilitar el sistema circulatorio del planeta.

Y aquí empieza la incertidumbre con la que tienen que jugar todos los trabajos probabilísticos que tratan de determinar cuándo podría darse el colapso de la corriente atlántica. Son los «sesgos de los modelos» que menciona el estudio: falta homogeneidad en los registros históricos a nivel climático y, además, hay otros factores como la representación de las aguas profundas, la salinidad y el retroceso de los glaciares (escorrentía). Por eso algunos resultados consideran la AMOC mucho más estable de lo que podría ser en realidad.

En el periodo comprendido entre 2004 y 2012 se observó una disminución de la actividad de la corriente del Atlántico.

Esta corriente se empezó a monitorizar en 2004 mediante diferentes técnicas (como equipos de medición anclados al fondo marino, corrientes eléctricas inducidas en cables submarinos o medidores de la superficie marina vía satélite). En el periodo comprendido entre ese año y 2012 se observó una disminución de la actividad de la corriente del Atlántico. «Pero se necesitan registros más largos para evaluar su importancia», precisan los investigadores. 

De lo que no cabe duda es de que si se cumpliese la profecía lanzada por los hermanos suecos, la especie humana podría volver aproximadamente 12.000 años atrás, última vez que se estima que la AMOC se apagó en la última glaciación que ha vivido el planeta.

Europa se calienta el doble de rápido que el resto del planeta

El aumento de la temperatura media desde la era preindustrial y hasta hoy tiene su máximo exponente en Europa, donde ya es 2,2 grados centígrados mayor que a mediados del siglo XIX, casi el doble de los 1,2 a nivel mundial, según recoge el informe ‘Estado del Clima en Europa en 2022’, publicado el pasado mes de junio y en el que han participado varios servicios del Programa Copernicus de la Unión Europea (UE), además de la Organización Meteorológica Mundial (OMM).

Casi todo lo que podía ir mal, va mal: los episodios de calor extremo son cada vez más frecuentes cada año con temperaturas inauditas (el verano pasado fue de media 10 grados superior a lo habitual en Europa occidental); los mares que bañan nuestras costas están cada vez más calientes, al igual que los lagos; la masa de los glaciares que se ha derretido (sobre todo en los Alpes) equivale a 5,4 veces el peso de la torre Eiffel; la falta de precipitaciones generalizada (un 10% inferior) ha propiciado una sequía ya patente en España, donde también se vivió en 2022 la peor temporada de incendios en más de una década (315.705 hectáreas, según el European Forest Fire Information System) y que en todo el continente será recordada por contabilizar la segunda mayor superficie forestal calcinada desde que hay registros (más de 900.000 hectáreas en total).

A todo lo anterior se suma la mayor insolación “jamás registrada” en el continente, con hasta 130 horas de sol más que la media (sobre todo, entre enero y julio) y, a su vez, una nubosidad anual un 4% inferior al promedio, siendo la segunda más baja registrada por los sistemas satelitales.

Tres centímetros, millones de afectados 

El aumento medio del nivel del mar a nivel global ha sido de tres centímetros desde 1993, tal como difundió a mediados de junio la NASA, que cifraba el incremento en hasta 11 centímetros. Parecen distancias pequeñas, pero afectan a millones de habitantes de zonas costeras. La causa se halla en la “pérdida sustancial y prolongada”, subrayan en el informe, de las masas de hielo desde mediados del siglo XIX.

La llegada este año del fenómeno meteorológico El Niño calentará los océanos, cuya temperatura ya es casi un grado superior desde la época preindustrial

Mundialmente, se han derretido 8.600 kilómetros cúbicos desde 1997, mientras que en Europa (sin contar Groenlandia), la superficie que ha desaparecido ronda los 960. La realidad es que las temperaturas en el Ártico han aumentado mucho más rápidamente que en la mayor parte del resto del planeta: el calentamiento estimado es de hasta 3 grados centígrados desde 1970. Mientras, en el Antártico, los autores del estudio aseguran que los cambios “son más inciertos”.

Pero no mejores: el hielo marino antártico alcanzó su mínimo registrado en febrero de 2022. A finales del mismo año, el deshielo en la capa que recubre Groenlandia no tuvo precedentes. Al menos una cuarta parte de su superficie (el 23% de los más de dos millones de kilómetros cuadrados que abarca) se vio afectada durante una de las tres olas de calor del pasado septiembre.

Y todo lo anterior se verá enmarcado por la llegada del fenómeno climatológico El Niño (en alternancia con La Niña, que enfría los océanos) cuya fase cíclica ha comenzado este año y previsiblemente propiciará el calentamiento de las aguas. Hay que tener en cuenta que la temperatura de la superficie marina ha aumentado, desde 1850, en 0,9 grados. Donde más, en el Océano Ártico, en algunas regiones del Pacífico alejado de las zonas tropicales, y los mares Báltico y Negro.

La España que arde

Como toda la provincia de Almería. Esa es la superficie arrasada en España en la última década como consecuencia de los incendios. En total, 900.759 hectáreas desde 2013, o lo que es lo mismo: como si la Casa de Campo, el parque más grande de Madrid, se quemase 586 veces.

Cada año, con la llegada del verano y las altas temperaturas, las noticias sobre la aparición, evolución y extinción de grandes fuegos se reparten por toda la península. El año 2022 fue especialmente grave: solo entonces se quemó un tercio de todo lo ardido en la última década, 306.555 hectáreas, un 261% más que el año anterior con 493 incendios registrados y fuegos especialmente virulentos en Zamora, Orense y Zaragoza.

 

 

Según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS), creado por la Comisión Europea, en lo que llevamos de año la cifra de área quemada asciende ya a las 69.240 hectáreas, casi 40 veces la Casa de Campo o 111.000 campos de fútbol. Hasta junio de 2023, además, se han registrado 15 grandes incendios, con focos importantes ya en el mes de marzo, especialmente en Valdés y Allande, ambos en Asturias, y en mayo en Pinofranqueado,  Cáceres.

Es una muestra de los efectos del calentamiento global, que adelanta el calor y, con él, la temporada de incendios. Aunque sin duda el siniestro que más imágenes devastadoras ha dejado este año es el de La Palma, que ha arrasado durante el mes de julio 4.650 hectáreas, entrando incluso en el Parque Nacional de la Caldera de Taburiente, y obligando a la evacuación de 4.200 personas.

 

Cambio climático y despoblación

El cambio climático y la despoblación son las principales causas que encienden la mecha. En las últimas décadas, las zonas rurales han ido perdiendo población a la vez que se han ido abandonando campos a su suerte, sin nadie que ponga coto al crecimiento de vegetación descontrolada que se transforma en un combustible forestal, prendiendo más rápidamente cuanto más altas sean las temperaturas.  “A escalas temporales pequeñas y medias el clima condiciona la predisposición del combustible para arder (inflamabilidad) así como su combustión”, explica el último informe Los Incendios Forestales en España  del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, que corresponde al decenio 2006-2015.

El 60% de los incendios son intencionados, a menudo por ganaderos o campesinos que quieren eliminar matorrales o regenerar los pastos

Concretamente, las zonas urbanizadas rodeadas de campo son las más proclives al peligro de incendio, ya que el factor humano suele ser fundamental para que la llama prenda. Según datos del Ministerio recopilados por la Fundación Civio, el 60% de los incendios son intencionados, a menudo por ganaderos o campesinos que quieren eliminar matorrales o regenerar los pastos. Los incendios provocados por un rayo o por accidente corresponden únicamente al 2,2% y al 22,5% respectivamente para el periodo que comprende de 2001 a 2015, el último año publicado por este organismo. Al contrario de lo que a menudo se cree, que son provocados con personas con inclinaciones psicópatas, solo el 5,9% corresponden a pirómanos, y el 3,6% a actos de vandalismo. Y únicamente el 0,31% fueron ocasionados para modificar el uso del suelo.

 

 

Las comunidades del norte de España, especialmente Galicia, Asturias y Cantabria, son las más afectadas históricamente por los incendios. No solo el terreno se pierde, con un suelo que puede tardar entre uno y cinco años en volver a ser fértil y hasta un siglo en volver a ser el que era en los casos de bosque frondosos; a veces, también veces se pierden vidas: solo en el periodo entre 2001 y 2015 se registraron 57 muertes y 608 heridos como efecto colateral de las llamas. No necesariamente las zonas con más mayor vegetación son las más afectadas, de hecho, las áreas desarboladas suelen ser las que más padecen los efectos del fuego prácticamente todos los años.

 

 

 

Menos fuegos, pero más intensos

El número de incendios ha ido subiendo paulatinamente con el paso de los años, con una tendencia muy visible desde la década de los 80, que no empieza a bajar hasta 1995, y más especialmente a partir de 2005. “Este descenso marcado a partir de 1994 se ha venido explicando debido, en gran parte, a la implantación, desarrollo y mejora de la eficacia de los dispositivos de extinción de incendios forestales autonómicos, tras el traspaso de competencias desde el Estado, incluyendo la consecución de resultados de las diversas actuaciones preventivas iniciadas en años precedentes”, explicaba el Ministerio sobre esta tendencia.

Aun así, el peor año hasta la fecha corresponde a 1995, cuando hubo más de 25.000 incendios en todo el país, prácticamente los mismos que diez años después, en 2005. Coincide con que los periodos 1991-1995 y 2004-2007 fueron años de sequía prolongados, según la Agencia Estatal de Meteorología.

 

 

“En la evolución del número de siniestros el clima es un factor determinante, pero especialmente las circunstancias políticas, sociales, económicas o culturales que favorecen o reducen la intencionalidad, accidentalidad o negligencia”, explica el informe. Las diferencias de un año para otro que se observan en el gráfico se explican por la gran variabilidad climática interanual.

Aunque el número de fuegos se reduce, cada vez hay más superincendios que abarcan más extensión y son más difíciles de extinguir

La tendencia a la baja es palpable también si se compara entre décadas. Entre 2010 y 2019 el número de siniestros se redujo un 36% respecto a la década anterior, y la superficie quemada en los incendios forestales, un 27%, según datos del Fondo Ambiental para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés).

Pero, aunque el número de incendios se reduce, estos se han convertido en más cruentos. Es lo que los ambientalistas han denominado “superincendios”, porque arrasan mucha más extensión y son más difíciles de extinguir. Eso explica que su descenso sea mayor en número que en hectáreas. “El aumento en la proporción de incendios extremos obliga a cuantificar los daños ecológicos, sociales y económicos que deja cada año el fuego. Los grandes incendios forestales en España apenas suponen el 0,18%, pero en ellos arde el 40% de la superficie total afectada. En España y Portugal, lamentablemente, tenemos varios ejemplos de estos grandes incendios forestales incontrolables y devastadores en nuestra historia reciente”, explican desde WWF.

 

 

Medios para acabar con las llamas

Hace años que España intenta ganarle la batalla al fuego, dedicando más esfuerzos y medios con cada campaña de verano, aunque es una guerra que viene de lejos. En 2015 se cumplieron 60 años desde la puesta en marcha de la primera unidad de la Administración dedicada concretamente a la defensa de los montes frente a los incendios forestales. Y este año hará más de medio siglo desde la aprobación de la primera norma dedicada expresamente a los incendios forestales, la Ley 81/1968, que regulaba particularmente la prevención y extinción, la protección de bienes y personas, la sanción de infracciones y la restauración de la riqueza forestal afectada.

Así, si en 2001 había dos personas por cada hectárea en llamas, en 2013 esta cifra se elevó a 68. En cuanto a medios, han pasado de dos para cada 10 hectáreas a siete en esos mismos años. Este mismo verano, España cuenta con casi 60 aeronaves para extinguir fuegos, y unos 14 equipos y brigadas distribuidos por toda la geografía, especialmente en las zonas más problemáticas. Organizaciones ambientalistas como WFF afirman que además de medios, hacen falta más esfuerzos en gestión forestal y planificación territorial, que eviten su proliferación y favorezcan una extinción más rápida.

 

 

 

Y no es un desafío solo para España: según un informe de Naciones Unidas elaborado por 50 científicos de todo el mundo, se calcula que los incendios forestales aumentarán un 30% para 2050 y un 50% para fin de siglo debido a la crisis climática, y podrían afectar incluso a zonas que nunca han padecido este problema, como el Ártico.

Así impacta el ciclo vital del Sol sobre la Tierra

El Sol es una estrella viva. Por ende, pasa por distintos ciclos que duran habitualmente unos 11 años y en los que los polos magnéticos solares se invierten. Entre los giros, la radiación solar total aumenta y disminuye, y esa fluctuación se siente en nuestro planeta. Durante el mínimo solar, es normal que se enfríe la termosfera, una de las capas atmosféricas más alejadas de la superficie terrestre, y que, en el punto máximo del ciclo, se caliente.

Actualmente, la enorme estrella alrededor de la cual orbitamos está pasando por una fase de gran intensidad y está cerca de alcanzar su pico máximo. ¿Qué significa esto? Que han aparecido nuevas manchas de donde surgen llamaradas solares. De acuerdo con la Agencia Espacial Europea, estas erupciones calientan las partículas a millones de grados y producen un estallido de radiación en todo el espectro electromagnético, desde las ondas de radio hasta los rayos X y los rayos gamma.

Aunque a veces aparecen bulos que afirman que las erupciones solares causan el calentamiento global, lo cierto es que estas variaciones en la radiación solar no influyen a largo plazo sobre el clima terrestre

Estos cambios en la meteorología espacial hacen que el llamado viento solar, la gran masa de plasma que sale del Sol, produzca tormentas geomagnéticas en las capas más altas de nuestra atmósfera. Un fenómeno que explica por qué en los últimos meses se han registrado impresionantes imágenes de auroras boreales en latitudes muy lejanas de los polos, como Extremadura o el sur de Estados Unidos.

Pero la alta actividad del Sol también puede producir otros efectos menos vistosos, especialmente cuando lanza erupciones solares de clase X. En febrero, estas ionizaron la capa superior de la atmósfera, llevando a interrupciones en las radiofrecuencias por debajo de los 30 MHz en algunos lugares de Sudamérica.

Y no solo eso. El impacto de este tipo de fulguraciones puede afectar el campo magnético de la Tierra, con el potencial de generar afecciones para infraestructuras  o perturbar las señales de navegación y representar riesgos para los astronautas y las naves espaciales.

Pico máximo

Se estima que el pico del actual ciclo solar ocurra el próximo año o en 2025; no obstante, científicos como Scott W. McIntosh han planteado la posibilidad de que este se adelante y de que a finales de 2023 o comienzos de 2024 se dé un "evento terminator", es decir, el fin abrupto del ciclo solar habitual. Esto explicaría por qué este año estamos siendo testigos de los efectos de uno de los periodos más fuertes del Sol de la última década.

Pero lo cierto es que las tormentas solares y el avistamiento de auroras boreales más cerca del ecuador no es un fenómeno nuevo. En 1859, el llamado evento Carrington —la mayor tormenta solar documentada— quemó la red de telégrafos en EE.UU. y el Reino Unido, y logró que la noche se volviera día en el Caribe y las islas Canarias.

El clima y el Sol

De vez en cuando aparecen bulos que culpan al Sol del inminente cambio climático. Sin embargo, las fluctuaciones producidas por los ciclos solares en la irradiancia total no son lo suficientemente fuertes para influir a largo plazo sobre el clima terrestre. "Los científicos no han podido encontrar pruebas convincentes de que el ciclo de 11 años se refleje en ningún aspecto del clima más allá de la estratosfera, como la temperatura de la superficie, las precipitaciones o los patrones del viento”, sostiene la NASA.

Las tormentas solares tienen el potencial de generar afecciones, entre otras, a señales de navegación

Pero de lo que no cabe duda es que el Sol es esencial para el equilibrio vital de la Tierra. Su radiación electromagnética es fundamental para el funcionamiento de los ecosistemas, la fotosíntesis, los ritmos biológicos y el ciclo del agua, además de que representa una excelente fuente de energía renovable. Sin él, no existirían las condiciones necesarias para sustentar la vida en nuestro planeta. Por eso deben monitorizarse sus ciclos para que seamos más resilientes ante las tormentas solares, y podamos comprender mejor que lo que está mostrando hoy en día la meteorología espacial es una poderosa fase de su ciclo vital.

¿Cómo afecta la sequía a nuestra alimentación?

El calentamiento global, propiciado por la emisión de gases de efecto invernadero, incrementa la variabilidad del clima al provocar inundaciones un año y sequía feroz al siguiente, y hacer que las previsiones fallen. Así, ni siquiera la ciencia nos permite ya estar preparados para las distintas fases climatológicas extremas que enfrentamos.

Las sequías, cada vez más extremas y persistentes, ponen en riesgo la capacidad agrícola para proveer a la población mundial del alimento imprescindible para cubrir sus necesidades. Como revela un informe realizado por un equipo de científicos internacionales dirigido por el doctor Aqarab Husnain Gondal, la carencia de agua provoca alteraciones biológicas que afectan al desarrollo de los cultivos. Como ejemplos, el estudio señala el del maíz, que entre 1980 y 2015 vio reducido su rendimiento mundial en un 40%, y el del trigo, que pierde un 6% de producción con cada grado centígrado de incremento en las temperaturas. Las sequías, por tanto, ponen en serio riesgo la seguridad alimentaria global.

En España, el mes de marzo ha sido el segundo más seco en lo que llevamos de siglo, y las previsiones de mejoría son negativas

Debido a la sequía, hay siembras otoñales que no pueden realizarse, los cultivos de regadío ven mermar sus extensiones, los de grano no superan con normalidad su etapa de floración y el resto no proporcionan el rendimiento económico básico para su mantenimiento. Más allá de la agricultura, la sequía provoca la falta de pastos para la alimentación natural del ganado, y obliga a los ganaderos a recurrir a piensos de elevado coste que favorecen el alza en los precios de productos básicos como la leche.

En un artículo para The Conversation, Fernando Valladares, científico del CSIC y profesor de Ecología de la Universidad Rey Juan Carlos, asegura que la falta de agua en terrenos agrícolas y ganaderos europeos podría conducirnos a situaciones extremas en las que no dispondríamos de alimentos básicos como la leche. Una vaca, recuerda, «precisa 100 litros de agua diarios para producir leche, y en los últimos años hemos visto cómo numerosas granjas de nuestro país cerraban por no poder competir con los precios a la baja marcados por las macrogranjas». Una situación que incrementará unos precios ya disparados entre un 10% y un 30% por la guerra en Ucrania y la variación al alza del coste de combustibles y energía.

En nuestro país, vivimos una escasez de lluvia que se ha agravado en los últimos años. Según datos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), desde el pasado 1 de octubre de 2022 hasta el 23 de mayo de 2023, las precipitaciones fueron un 27% menores del valor habitual en dicho período, y el mes de marzo fue el segundo más seco en lo que llevamos de siglo.

Debido a la sequía, un alimento básico como el maíz vio reducido su rendimiento en un 40% en los últimos años, a nivel global

Un reciente informe de la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA) revela que la situación de muchos de nuestros campos afectados por la sequía es agónica, que los cultivos de secano están prácticamente sentenciados a desaparecer en la mitad sur de nuestro país, y que se teme por la pervivencia de cultivos leñosos como los cítricos, almendros y olivares. Ante esta situación, la única herramienta de que disponen los agricultores es la contratación de seguros agrarios que cubran la pérdida por sequías, pero, como revela el informe, solo un 4,56% de superficies dedicadas al cultivo del olivar están cubiertas, y en el caso de los cultivos herbáceos no llegan a la mitad.

La sequía tiene nocivas consecuencias en todo el planeta. Hasta hace poco las sufrían de manera cíclica solo en determinadas zonas geográficas. Por vez primera en la historia, el resto del planeta enfrentamos un problema serio de seguridad alimentaria que exige medidas urgentes.

Radiografía de la sequía en España: su impacto en el medioambiente y la economía

El final de mayo y los primeros compases de junio nos han dado un respiro y han llegado acompañados de lluvias (incluso con varias provincias en niveles amarillo y naranja) , y de una bajada generalizada de las temperaturas. Veníamos de unos meses críticos: España ha registrado un primer cuatrimestre inusualmente caluroso y seco que ha vaciado de significado los refranes de “En abril, aguas mil” y “Hasta el 40 de mayo [es decir, el 9 de junio], no te quites el sayo”.

De hecho, el de 2023 ha sido el mes de abril más caluroso desde que se tienen registros, de acuerdo con los datos de la Agencia Española de Meteorología (AEMET), y ha superado en 0,1 grados centígrados la anterior temperatura más alta registrada en ese mes, lo que ocurrió en 2011. Así, la temperatura media de abril en la España peninsular ha sido este año de 14,9 grados, tres por encima de la serie histórica. De acuerdo con la AEMET, ha sido un mes “extremadamente cálido” en la Península Ibérica y “muy cálido” en los archipiélagos canario y balear.

Las elevadas temperaturas de abril han venido acompañadas de una sequía impenitente: nunca había llovido tan poco en abril desde que existen registros, un 22 % por debajo de la media.

Los embalses se desangran

El calor y de la falta de lluvia tienen un impacto directo en el estado de los embalses de la España peninsular, que se vacían aceleradamente debido a su mayor uso y a la evaporación del agua.

Según la media de los últimos 10 años, a finales de mayo el conjunto de los 372 principales embalses debería encontrarse, de media, casi al 70 % de su capacidad, de acuerdo con los Boletines Hidrológicos semanales elaborados por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. El último disponible, del 23 de mayo de 2023, indica que están al 47,7 % de su capacidad: 20 puntos porcentuales menos. Un caso especialmente sangrante es el de La Serena, en la provincia de Badajoz: el embalse más grande de España se encontraba a finales de mayo al 16,84%.

La sequía no afecta a todas las zonas por igual: en la España peninsular existen un total de 16 cuencas hidrográficas, según los ríos que pasen por cada una de ellas, y solo las del Cantábrico Occidental, Cantábrico Oriental y del Júcar, están más llenas que la media de los últimos 10 años, de acuerdo con el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. En el otro extremo, cuatro cuencas —Guadiana, Guadalete-Barbate, Cuencas Internas de Cataluña y Guadalquivir— se encuentran a menos de un tercio de su capacidad, cuando lo normal es que estén por encima del 50 %.

Los embalses españoles están, de media, por debajo del 50% de su capacidad

Todo esto tiene consecuencias económicas, como señalan desde el Observatorio de la Tierra de la NASA , en el que hacen un seguimiento del avance de la sequía en el sur de nuestro país, y advierten de que “la región de Andalucía es la mayor productora de aceite de oliva del mundo y, hasta el 19 de mayo, la ciudad de Córdoba sólo había recibido aproximadamente el 30% de las lluvias habituales”, lo que afecta directamente al desarrollo de los olivares. También alerta de la baja pluviosidad en la región de Jaén, que fue en 2022 la responsable del 25% del suministro global de este producto cada vez más valorado, precisamente, por una escasez íntimamente ligada a la crisis climática.

Un ejemplo claro y extensible a otros muchos sectores de cómo el calentamiento global tiene un impacto socioeconómico de extrema gravedad, que vuelve a poner el foco en la necesidad urgente de combatir la subida de las temperaturas y realizar una transición a un modelo más sostenible.

Las altas temperaturas, un peligro para la salud humana

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Aunque el período estival es percibido por la sociedad como una época en la que disfrutar del buen tiempo, la realidad señala que el calor extremo puede poner en peligro la salud humana. Por ese motivo, y ante los estudios que apuntan a un incremento de las temperaturas máximas en los próximos años, es importante saber cómo prevenir las posibles consecuencias.