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Los créditos de carbono, solución parcial al cambio climático

Los bonos de carbono nacieron a partir de la firma del Protocolo de Kioto en 1997 como una herramienta para estabilizar las emisiones de gases de efecto invernadero. Con cada bono adquirido, una compañía obtiene el derecho a emitir una tonelada de dióxido de carbono dentro de los niveles máximos permitidos por cada país. Como es lógico, esta actividad encarece el propio acto de contaminar: cuanto más se emita, más se gasta, lo que desincentiva un tipo de producción económica que antes se defendía por su precio competitivo.

A pesar de sus aparentes ventajas, este instrumento financiero ha sido puesto no pocas veces bajo el escrutinio más duro. Según sostienen muchos expertos, las cotizaciones de los bonos en los mercados internacionales tuvieron su mejor época desde su nacimiento hasta el año 2008. Después, con la llegada de la crisis, la financiación de esta clase de bonos disminuyó a marchas forzadas: las prioridades de gasto terminaron enfocándose hacia las políticas de rescate de algunas economías en crisis de la Unión Europea y, en general, a la reactivación económica. Los incentivos ambientales, de pronto, se redujeron con severidad. Tanto es así que desde 2008 los precios de los bonos bajaron un 82%: Europa, el mayor comprador de bonos entonces, tuvo que dejar de adquirirlos con la asiduidad habitual. Solo hoy, más de una década después, se recuperan con moderación. La circunstancia, sin embargo, agravó no solo la credibilidad del mecanismo sino su valía en cuanto instrumento principal de lucha climática: ¿es posible confiar a ciegas en unas herramientas inestables para solucionar uno de los retos más acuciantes de nuestro tiempo?

Con cada bono adquirido las compañías obtienen el derecho a emitir una tonelada de dióxido de carbono dentro de los niveles máximos permitidos por cada país

En el caso de países como España, no obstante, los llamados bonos de carbono también conllevan una promesa a la que no pueden acceder otros países, y es que, con la apuesta por las energías renovables y la acumulación de esta clase de recursos sostenibles, la profunda mejora de las condiciones sí es posible. A mayor posibilidad de ahorro energético fósil–algo que es posible observar con facilidad en el amplio número de horas de luz disponibles en nuestro país–, mayor posibilidad de tomar ventaja económica mediante la venta de bonos de carbono; incluso aunque estos, como ya ocurrió durante la Gran Recesión, tengan su precio en los términos más bajos.

Los bonos de carbono, por tanto, ofrecen una solución eficaz, pero solo parcialmente. Su ventaja es evidente: en un momento en el que, a pesar de la apuesta por la sostenibilidad, algunos países no logran realizar aún ciertas actividades esenciales sin continuar quemando combustibles fósiles, esta suerte de compensación económica hacia el planeta permite proseguir la inversión en el desarrollo y la aplicación de políticas verdes progresivas.

La oportunidad se presenta hoy tanto en términos estatales como corporativos, ya que según la Encuesta Global Shapers del Foro Económico Mundial, el cambio climático es la mayor preocupación para las personas menores de 30 años en todo el planeta. Esto armoniza a su vez con los datos ofrecidos por la encuesta Global Consumer Pulse Survey de Accenture, en la que un 63% de los consumidores globales afirma adquirir bienes y servicios de compañías que reflejan sus valores y creencias personales. ¿Cómo no apostar, por tanto, por la energía limpia del futuro?

Los beneficios del pastoreo en el ecosistema

Frente al auge de la ganadería intensiva para abastecer el elevado consumo de carne por parte de la población, el pastoreo se convierte en un aliciente para diversificar la dieta del ganado y, con ello, mejorar la calidad de los productos cárnicos y derivados.

Concretamente, se ha comprobado que las carnes procedentes del pastoreo contienen menos grasas saturadas y más ácidos grasos poliinsaturados, que son los más recomendados para nuestra nutrición.

Ahora bien, los beneficios de pastorear al ganado no son solo para nuestra salud sino también para la del planeta y la sociedad, lo viene llamándose servicios ecosistémicos.

El pastoreo ayuda a lograr un balance neutro de carbono y restaurar la biodiversidad en los terrenos en que se practica

En primer lugar, el pastoreo ofrece servicios ecosistémicos de regulación, siendo uno de los principales su contribución a combatir el cambio climático: al estimular el crecimiento de plantas que mejoran la capacidad de filtración del suelo, los terrenos en los que se practica logran un balance neutro de carbono. Y, al favorecer la infiltración, se mejora la regulación hídrica y el mantenimiento de nuestros acuíferos. De ahí que sea frecuente ver cómo aumenta la diversidad vegetal de las tierras dedicadas al pastoreo, que también ayuda al control de plagas y a la estimulación de la polinización, y participa en la prevención y mitigación de eventos erosivos e incendios.

En segundo lugar, el pastoreo contribuye a potenciar la educación medioambiental y el conocimiento sobre los ecosistemas en los que se desarrolla. Es lo que se conoce como los servicios ecosistémicos culturales, que aportan beneficios intangibles o no materiales relacionados con experiencias en la naturaleza.

Por último, los servicios ecosistémicos de abastecimiento hacen referencia, como se mencionaba al inicio del texto, a la alimentación. En este ámbito, el pastoreo no solo proporciona alimentos más saludables, sino que también ayuda al mantenimiento de razas animales autóctonas y de los espacios naturales que frecuentan.

Pastoreo por la diversidad vegetal

El progresivo cese de la actividad agraria en zonas de montaña hace evolucionar la vegetación hacia el matorral y, posteriormente, al arbolado. Sin embargo, cuando el ganado consume los brotes de matorral, debilita su capacidad de rebrote estimulando el crecimiento de vegetación herbácea más variada. Por ello, el pastoreo se convierte en un aliado perfecto para controlar esta vegetación y recuperar el capital natural de dichos terrenos.

El proyecto “Pastoreo en RED” combina la ganadería extensiva tradicional con la innovación tecnológica para lograr importantes beneficios sociales y medioambientales

En nuestro país, las calles de seguridad del tendido eléctrico de alta tensión en zonas forestales se ven amenazadas por estos procesos que, además, elevan el riesgo de que el arbolado alcance los cables conductores de electricidad. Convertir estas vías en cremalleras de biodiversidad y relanzar un modelo de ganadería imprescindible para asegurar la sostenibilidad son los principales objetivos del proyecto “Pastoreo en RED” del Grupo Red Eléctrica. A fines del mes pasado, la corporación hacía pública su Guía Práctica de Pastoreo en RED, que resume los resultados de una experiencia piloto pionera en España que están desrrollando en Calahorra (La Rioja). Un rebaño de 700 ovejas realiza el mantenimiento de la vegetación bajo la línea eléctrica Quel-La Serna.

El proyecto, desarrollado en colaboración con la empresa agroambiental Agrovidar, y con el apoyo del Gobierno de la Rioja y el Ayuntamiento de Calahorra, aúna los métodos tradicionales de explotación ganadera con la innovación tecnológica. La utilización de drones para la supervisión del terreno, y de collares GPS para el seguimiento de las cabezas de ganado, facilitan el éxito del proyecto, que ha obtenido una mención especial en los premios Good Practice Award 2021 de la plataforma Renewables Grid Initiative.

La sabiduría tradicional en que se basa el pastoreo no excluye la aplicación de la necesaria innovación tecnológica que nos permita potenciar una ganadería sostenible y beneficiosa para nuestra salud y la del medioambiente.

La crisis climática ya es la mayor amenaza para la humanidad

El economista sueco Jonan Nonberg sostiene en su libro ‘Progreso’ que vivimos en el mejor momento de la historia de la humanidad. A pesar del actual escenario, marcado por la pandemia y las desigualdades, el autor del mejor libro del año según The Economist demuestra con cientos de datos sociológicos y económicos que no solo es este el periodo con una mayor esperanza de vida, sino también con mayor salud, riqueza, educación y oportunidades.

«Lo que nos llega a nuestros móviles solo muestra malas noticias. Pero no es que el mundo se esté desmoronando, es que tenemos más acceso a la información que en cualquier otro momento, y la información siempre habla de lo que está mal», sostuvo recientemente en una entrevista. Sin embargo, estar bien no significa estar a salvo: así lo defiende el Global Risk Report 2022, un informe elaborado por el Foro Económico Mundial (FEM) que se encarga de definir cada año las principales amenazas mundiales para la humanidad en las próximas décadas.

La crisis climática ocupa el primer puesto de la lista de amenazas globales con mayor impacto elaborada por el FEM

El FEM ha consultado a más de 12.000 especialistas de todos los ámbitos para analizar de la forma más objetiva posible los principales riesgos a nivel global en función del grado de impacto y la posibilidad de que ocurran. Si bien durante 2021 el primer puesto en la lista lo ocupó la crisis sanitaria, en 2022 ha llegado el turno del cambio climático: ocho de cada diez personas consultadas señalan las consecuencias de la crisis ambiental, los desastres naturales –incendios forestales, lluvias torrenciales o inundaciones– y la pérdida de biodiversidad como los problemas más graves a los que dar la cara en el futuro más cercano.

En este sentido, advierte el informe, el cordón al colapso solo puede llegar de la mano de medidas verdes eficientes.  En ese sentido, advierte, «de darse una transición ecológica desordenada entre países lo único que conseguirá es generar barreras a la cooperación y dividir a las naciones». En otras palabras, la mayor parte de especialistas considera la inacción climática como el desafío más preocupante a la hora de afrontar la crisis ambiental: «La mayoría de las medidas de recuperación tras la pandemia están fallando a la hora de favorecer la transición verde como herramienta de estabilidad», dice el informe.

Dos mundos distintos

Seis de cada diez personas consultadas por el FEMdicen sentirse inquietos ante las perspectivas de un mundo que afronta una importante brecha económica y social agudizada por la crisis del coronavirus. «Si la recuperación económica es divergente, corremos el riesgo de profundizar las divisiones globales en un momento donde lo que urge es la colaboración», advierten. Una cooperación que debe servir tanto para sanar las cicatrices como para abordar conjuntamente los riesgos globales, que es la mejor forma de hacerlo.

Solo un 6% de la población de los 52 países más pobre se ha vacunado contra el coronavirus

Para ello es necesario acabar con la erosión de la cohesión social (la cuarta amenaza) auspiciada por la desigualdad, que sigue presente por diversos motivos. Por ejemplo, mientras los países más ricos se recuperan del coronavirus gracias a las medidas sanitarias y la digitalización que permiten un avance más rápido, solo un 6% de la población de los 52 países más pobres está vacunado contra la covid,. Esto  afecta no solo al bienestar  social sino a la salud económica de los estados, haciendo aún más palpables esas grandes diferencias y alimentando, según el Foro Mundial, la polarización política en un clima «de divisiones sociales preexistentes y las tensiones geopolíticas».

Tampoco se escapa del análisis la crisis de suministros provocada por el desabastecimiento de productos como los chips informáticos o incluso algunos medicamentos, que llevan ‘la crisis de medios de subsistencia’ a ocupar el quinto lugar en el ranking. Como es lógico, las enfermedades infecciosas todavía siguen presentes en el sexto puesto de la lista, por encima del daño a los ecosistemas, la falta de recursos naturales y las crisis de deuda fomentadas por las medidas de urgencia tomadas por los Gobiernos para mantener a flote las empresas durante la pandemia.

No obstante, asegura el FEM, todavía queda espacio para revertir el futuro. Siempre y cuando las naciones prioricen la cooperación y sean «capaces de recuperar la confianza de sus ciudadanos» para, más allá de intentar demostrar a la historia que esta podría ser nuestra mejor época, conseguir que ese bienestar puedan heredarlo futuras generaciones.

¿Por qué crece el hielo marino en la Antártida?

El hielo marino que flota en el mar de la Antártida, también conocido como banquisa austral, es lo que convierte la región en un paisaje de ensueño que, como un manto blanco, se expande fragmentado en forma de láminas a través del mar. No obstante, su naturaleza no es solo extraordinaria. Aún hoy nos sigue resultando enigmática esta gran capa picoteada: los flujos de la masa helada están sujetos actualmente a altibajos que desconciertan a la comunidad científica. Una pregunta lidera la mayoría de las investigaciones, especialmente teniendo en cuenta que el océano de esta región se calienta más que la temperatura oceánica global: ¿por qué en la Antártida el hielo marino aumenta mientras desciende a nivel global?

Tras la reciente investigación liderada por Ryan Fogt se descubrió que el hielo parecía aumentar continuamente desde 1979

Las mediciones por satélite de la zona, que comenzaron en 1979, recogieron desde el primer momento lo que hoy podría parecer un resultado inevitable del cambio climático: el hielo marino había disminuido durante la primera mitad del siglo XX. Estas métricas confirmaron lo que los puestos terrestres de observación antárticos –hasta esa fecha, la única forma de medición– habían sugerido durante las décadas previas. No obstante, los datos también arrojaron conclusiones confusas: el hielo antártico parecía aumentar a partir de ese mismo año, al contrario de lo que había ocurrido en la mitad anterior del siglo (y al contrario también que en el resto del mundo).

Pero tras la reciente investigación liderada por Ryan Fogt, profesor de geografía en la Universidad de Ohio, –la primera en detallar la extensión total del hielo marino– la sorpresa fue aún mayor: si bien el hielo parecía aumentar continuamente desde 1979, este descendió bruscamente –y sin razón aparente– durante los años 2016 y 2017, recuperándose de nuevo tan solo a mediados del año 2020, en plena pandemia. A día de hoy los motivos de estas repentinas fluctuaciones continúan sin respuesta. Según explicó el investigador norteamericano a través de un comunicado, «las nuevas reconstrucciones de la extensión del hielo marino antártico continúan mostrando que ocurren cambios en nuestro sistema climático que no habíamos observado previamente en un contexto de casi 150 años. Las causas de estos cambios, como la disminución en el siglo XX, el aumento después de 1979, y el rápido declive en 2016, aún no se han podido determinar con precisión». Una conclusión se hace ahora evidente: nuestra observación sobre el Antártico continúa siendo defectuosa.

Una contradicción helada

Mientras las temperaturas aumentan de forma acelerada en la zona, la banquisa austral crece a un ritmo medio de 10.000 kilómetros cuadrados anuales. Desde 2013, más de 20 millones kilómetros cuadrados de extensión se acumulan en esta zona helada flotante. Según el estudio liderado por el Barcelona Supercomputing Center, este fenómeno aparentemente contradictorio no tiene que ver con el descenso de los niveles de ozono estratosférico o la presencia de mayor agua dulce en la región. En realidad, la respuesta descansa sorprendentemente en los efectos de las ráfagas aéreas: cuando los vientos fríos llegan a las zonas exteriores de la masa terrestre y empujan el hielo costero hacia el exterior terminan por crear áreas de aguas abiertas que ayudan a la formación de más hielo. Una suerte de círculo vicioso agravado por un factor esencial: aún no se sabe por qué está cambiando el régimen de vientos antárticos. Según destacaba hace poco uno de los principales climatólogos implicados en el proyecto, «aún desconocemos si el aumento del hielo oceánico del Antártico que estamos registrando es algo excepcional motivado por el calentamiento global o si, en cambio, forma parte de un ciclo más largo de carácter natural».

La banquisa austral crece a un ritmo medio de 10.000 kilómetros cuadrados anuales

La situación, de hecho, contrasta severamente con la coyuntura hallada en las antípodas, pues en el Ártico la disminución parece evidente: hay prácticamente un 30% menos de hielo que hace tres décadas. Sin embargo, dado que flota en el océano, el derretimiento y recongelamiento de estas masas flotantes de hielo no afecta al aumento del nivel del mar como sí lo hacen otros fenómenos, tal como ocurre con el calentamiento de Groenlandia.

Kokota, la isla que regresó a la vida

A lo largo de la costa de Tanzania, una serie de islas se disponen paralelas al continente africano. Como si fueran los coloridos eslabones de una cadena, el archipiélago de Zanzíbar sitúa sus islotes uno debajo de otro, protegiendo a modo de barrera el segundo punto más oriental del país. Este archipiélago, que cuenta con aproximadamente un millón de habitantes, es hoy un ejemplo inesperado en la lucha climática. Y lo es gracias a una de sus islas más pequeñas: Kokota, con un kilómetro cuadrado de extensión y 500 habitantes.

Replantar (y revivir)

Esta minúscula isla africana siempre había visto subsanada su frágil existencia por su dependencia de los recursos naturales, entre los que se incluían los árboles. Poco a poco, sin embargo, la vida en la isla cambió: la llegada del siglo XXI a Kokota conllevó la deforestación de su territorio y, con este, el agotamiento de sus núcleos de pesca y la sequía de los ríos más importantes de la zona. De pronto, su medio millar de habitantes se vio privado de alimentos y de agua, los dos componentes básicos para el establecimiento –y mantenimiento– de la vida humana. No solo eso: el cambio climático comenzó a azotar las costas de la isla mediante el aumento del nivel del mar, lluvias erráticas y un blanqueamiento –a causa del estrés– de los arrecifes de coral.

En Kokota un 80% de los isleños que hoy se dedican a tareas relativas a la sostenibilidad ha visto crecer sus ingresos

Kokota, que pertenece y depende de la isla de Pemba, ejemplifica cómo luchar contra una amenaza tan global como la crisis climática. Desde 2008, la isla ha realizado potentes esfuerzos de reforestación, y ha construido sistemas de recolección y aprovechamiento del agua de lluvia. Estas acciones han mejorado especialmente la calidad de vida de los habitantes: el agua, por ejemplo, no solo sirve para beber y cocinar, sino también para plantar unos árboles que, a su vez, dan frutos; estos, posteriormente, se comen o bien se utilizan sus semillas con fines comerciales. Así, la rueda que mueve la economía y la sociedad vuelve a girar de nuevo.

Aunque aún queda trabajo por hacer –como la reconstrucción de los manglares costeros–, hoy es posible afirmar sin titubeos que tanto Pemba como Kokota se han beneficiado de esta reforestación masiva. La iniciativa les ha permitido recuperar lo perdido e incorporar nuevos cultivos y plantas. Tal y como indican las estimaciones, un 80% de los isleños que hoy se dedican a tareas relativas a la sostenibilidad ha visto crecer sus ingresos. Según la organización Community Forest International, el de este archipiélago es hoy un ejemplo global para las comunidades más empobrecidas (y, por tanto, con un mayor riesgo). Al fin y al cabo, «las islas son un microcosmos que representan la totalidad del planeta».

Espejos donde mirarse

No es el único ejemplo de cómo adaptarse al cambio climático. De hecho, más allá de los sistemas de reconstrucción y reforestación, miles de lugares alrededor de todo el planeta comienzan a prepararse para resistir a los efectos más perniciosos del cambio climático con anterioridad a su impacto. Esta prevención ayuda no solo a evitar la dureza del golpe, sino que también facilita la posterior reconstrucción en caso de ser necesaria.

El parque eólico de Nueva Caledonia permite evitar la quema de más de 2.000 toneladas de petróleo cada año

El caso de Reunión es evidente. La región ha creado arrecifes artificiales y pasillos ecológicos para preservar los ecosistemas marinos y terrestres. Más allá de proteger la biodiversidad, esta medida ayudará a sostener la economía local y mantener agua apta para su uso.

En la República de Vanuatu, situada en una isla del Pacífico Sur, los vientos de 320 kilómetros por hora originados por el ciclón Pam en 2015 destruyeron numerosas infraestructuras, causando restricciones de agua y cortes en las telecomunicaciones; y su magnitud y virulencia, llegó a desplazar a más de 3.000 personas. La isla ha ganado resiliencia gracias a la instalación de turbinas eólicas retráctiles que en caso de fuertes vientos se anclan al suelo. Una vez pasado el temporal, se despliegan de nuevo, reanudando la producción de electricidad.

Este caso ha sentado un precedente en Nueva Caledonia, también en el Pacífico Sur. Allí, han instalado un parque eólico a prueba de ciclones que funciona a través de torres abatibles. Este sistema minimiza los devastadores efectos de los ciclones y evita la quema de más de 2.000 toneladas de petróleo cada año necesarias para la generación de energía.

Ejemplos que demuestran que, mediante la tecnología o no, aún es posible combatir el cambio climático.

La ‘caja negra’ del planeta Tierra

“A menos que transformemos drásticamente nuestra forma de vida, el cambio climático y otros peligros provocados por el hombre harán que nuestra civilización colapse”. Esta frase reza la página web oficial de Earth's Black Box, la Caja Negra de la Tierra, el proyecto australiano que flirtea con un posible apocalipsis para concienciarnos sobre la salud del planeta.

La razón de ser de esta distópica idea surgió porque, al ritmo que actualmente aumenta el calentamiento de la Tierra, y si los acuerdos de la Cumbre del Clima de París no se traducen en acciones contundentes, podríamos sobrepasar el umbral de 1,5ºC de temperatura  global mucho antes de 2050. Para revertir el efecto se necesitaría reducir entre un 40% y un 50% las emisiones de gases de efecto invernadero y conseguir la neutralidad climática en 30 años. No es tarea fácil, y la hoja de ruta trazada tras la COP26 tampoco alimenta la esperanza. Por tanto, la premisa es crear un objeto donde dejar constancia de nuestros logros y errores para aprender de ellos y poder construir un futuro más respetuoso con el entorno. Paradójicamente, la “caja negra” encierra más optimismo del que aparenta, pues pretende contribuir a que nunca se utilice como tal, y sirva como herramienta para la toma de decisiones y el desarrollo de acciones que nos permitan frenar el cambio climático.

Los datos archivados en la Earth Black Box ayudarán a quienes lideran gobiernos y empresas   a tomar decisiones óptimas en su misión por preservar el medioambiente

Dicha ‘caja’, de acero indestructible y del tamaño de un autobús, estará escondida en algún lugar remoto de la isla de Tasmania, en Australia, enclave elegido por su estabilidad ambiental y por su lejanía de cualquier conflicto político-militar. La intención es llenarla de discos duros que funcionen de forma autómata mediante paneles solares (y baterías de respaldo) y que a través de una conexión a internet vayan recopilando información científica en tiempo real: temperatura del mar y de la tierra, niveles de acidificación del océano, consumo de energía, niveles de dióxido de carbono en la atmósfera… De momento, se calcula que podrá almacenar datos entre 30 y 50 años. La idea sería que, para cuando caduque el sistema se puedan implementar nuevas –y, a día de hoy, desconocidas– maneras de guardar datos que perduren en el tiempo.

La Earth’s Black Box es una iniciativa impulsada por la Universidad de Tasmania, la agencia de comunicación Clemenger BBDO y el colectivo de arte Glue Society. Sus impulsores afirman que será una cápsula de registro del fin de la humanidad, y aunque su función principal sea materia del futuro, también puede ser muy útil a corto plazo. Los datos archivados en su interior ayudarán a quienes lideran gobiernos y empresas a tomar decisiones óptimas en su misión por preservar el medioambiente. Así pues, detrás de un monolito con apariencia derrotista solo existe la voluntad de aumentar la responsabilidad social y el compromiso contra el cambio climático.

Funcionará mayoritariamente mediante paneles solares y recopilará información en tiempo real sobre la temperatura marítima y terrestre, el consumo de energía o los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera

No obstante, todavía existen algunas incógnitas sobre el producto final. ¿Qué pasa con los datos si falla todo el sistema de internet? Se desconoce si tienen un plan B. Por otra parte, la decodificación de los datos podría ser un dolor de cabeza tanto para sus creadores como para los futuros visitantes terrestres. Sobre este asunto, se prevé utilizar distintos lenguajes de codificación (el simbolismo matemático, por ejemplo) y se incluirán instrucciones para poder descifrarlos.

Si nada cambia, en los próximos meses se activará la Earth Black Box, y cuando esto pase, cualquiera podrá acceder a los datos climáticos a través de una plataforma online. Los usuarios podremos incluso conectarnos a la caja y ser testigos de nuestro propio apocalipsis. O, quién sabe, de nuestra propia salvación.

Cinco manifestaciones medioambientales que cambiaron la historia

Sin muchas de las manifestaciones que a continuación mencionaremos sería imposible comprender el ambientalismo contemporáneo. Hablamos de activistas y ciudadanos que dieron un paso adelante y alzaron su voz para proteger el planeta. Fue en 1977 cuando la ONU decidió que el 5 de junio sería el Día Mundial del Medio Ambiente. Pero lo cierto es que las luchas ambientalistas comenzaron mucho antes.

Hoy el medio ambiente y la crisis climática son temas que definen la agenda internacional y lo cierto es que muchos cambios han nacido a raíz de las movilizaciones sociales. ¿Cuáles han sido las más importantes? Aquí repasamos algunas de ellas:

Río Tinto, la primera manifestación medioambiental

Todo comenzó como una huelga y terminó en una tragedia. Sucedió en Río Tinto, en Huelva. Corría el año 1888. Cientos de obreros y sus familias decidieron plantarle cara a Río Tinto Limited Company: una empresa minera británica que operaba en la zona y que debido a su actividad generaba gases llenos de ácido sulfúrico que intoxicaban los pulmones de sus trabajadores, envenenaban al ganado y destruían las cosechas. Aquella protesta pacífica, de quienes exigían unas condiciones laborales y sanitarias dignas –que además denunciaban el daño medioambiental que causaban aquellos gases– , fue disuelta por la fuerza por el ejército. ¿El resultado? 200 civiles muertos.

A grandes rasgos, así fue la que según los historiadores fue la primera manifestación medioambiental. Al menos, así es contada por Rafael Moreno (autor del libro ‘1888, el año de los tiros’) en una entrevista hecha por el diario Público.es. Aunque algunos periodistas contaron los hechos, ese episodio fue borrado de los libros hasta los años ochenta. No obstante, la quema de materiales tóxicos al aire libre continuó hasta 1907. Pero lo ocurrido en Río Tinto es un antes y un después en las manifestaciones a favor del medio ambiente.

En defensa de las ballenas

En la década de los setenta, la ONG Greenpeace comenzó con un férreo activismo para lograr la prohibición de la caza de ballenas. Y muy conocidas son las imágenes en las que un grupo de activistas, a bordo de una lancha, se interpusieron entre los barcos cazadores y los cetáceos.

Recordemos que en junio de 1980 uno de los barcos de esta ONG, el Rainbow Warrior I, fue apresado en Ferrol por la Armada Española, después de que éste impidiera las actividades de los balleneros gallegos. No obstante, España no dejó de cazar ballenas hasta 1986, año en el que entró en vigor la moratoria establecida por la Comisión Ballenera Internacional.

Septiembre de 2019: millones a favor del medio ambiente en más de 150 países

Sin lo sucedido entre el 20 y el 27 de septiembre de 2019, sería imposible entender el ambientalismo actual. Hasta hoy, las manifestaciones ocurridas durante esas dos jornadas son las más concurridas de la historia: la prensa internacional calculó que el día 27 se manifestaron dos millones de personas alrededor del mundo; sumando esa cifra a las del día 20, el total sube hasta los seis millones.

Aquella fue la Semana Global para el Futuro. ¿Su objetivo? Manifestarse a lo largo y ancho del planeta para reclamar a los líderes mundiales acciones eficientes contra el calentamiento global. Las movilizaciones sucedieron en, por lo menos, 150 países. Dos meses después se llevó a cabo la COP25 (celebrada en Madrid). A partir de ahí, Greta Thunberg y el movimiento de Fridays for Future se convirtieron en un fenómeno mediático medioambiental sin precedentes. ¿Quién imagina hoy el ambientalismo sin el rostro de la chica sueca que ‘no quiere que tengas esperanza’ sino que ‘entres en pánico’? (que, por cierto, la revista Time la nombró en 2021 como la “lideresa de la próxima generación”).

Una manta en una plataforma marítima

Así es la imagen: una plataforma petrolífera en el Mar del Norte donde unas cuantas personas extendieron una manta que ponía “Save the North Sea. Stop Shell” (Salvad al Mar del Norte. Detened a Shell).

En 1995, Greenpeace –que llevaba años en una campaña contra el abandono de instalaciones derruidas en el fondo del océano– le plantó cara a Shell –la empresa petrolera más grande del mundo–, tras el visto bueno que obtuvo de Reino Unido para hundir la plataforma ‘Brent Spar’ (de 14.500 toneladas) en el Atlántico. Sin embargo, el enfrentamiento fue de tal magnitud que incitó un boicot contra Shell en Alemania que le costó un 50% de sus ganancias. Finalmente, la empresa abandonó la idea del hundimiento y aquella plataforma fue desmantelada en tierra.

Pero lo interesante es que, una semana más tarde de aquello, la OSPAR (la Convención para la Protección del Medio Ambiente Marino del Atlántico del Nordeste) votó a favor de una moratoria para la eliminación en el mar de instalaciones de petróleo y gas. Esa, sin duda, es una medalla que se cuelga el activismo ambientalista.

10 años de manifestaciones contra el oleoducto Keystone XL 

En este caso no hablamos de una sino de múltiples manifestaciones de diferentes organizaciones civiles, lideradas por la Red Ambiental Indígena, y batallas jurídicas que lograron poner fin en 2021 al proyecto Keystone XL, un oleoducto que pretendía conectar Canadá y Estados Unidos para el envío de crudo.

Entre las manifestaciones realizadas contra el oleoducto destaca la celebrada en 2012 en la ciudad de Washington y que finalizó en la Casa Blanca. Según los medios de comunicación norteamericanos esta fue la mayor manifestación por el clima de la historia del país.

Los desplazados climáticos, una realidad crítica cada vez más extendida

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En 2019, la Organización Internacional para las migraciones (OIM) incluyó en su glosario el término migración climática que definió como «el traslado de una persona o grupo de personas por cambios repentinos o progresivos en su entorno debido a los efectos del cambio climático que le obliga a abandonar su residencia habitual». Un problema al alza ya que, según un informe del Banco Mundial, en el año 2050 podría llegar a afectar a más de 140 millones de personas.

El arte rupestre, en peligro por el cambio climático

Arcos, flechas, bisontes, monigotes huesudos y figuras voluptuosas se mezclan entre los salientes rocosos: las paredes de múltiples cuevas europeas se hallan decoradas a través de estas formas con las primeras raíces de la conciencia humana. El arte rupestre, con la sencillez que lo caracteriza, muestra nuestros primeros pasos a través de los albores de la misma historia. ¿Existe, de hecho, otra forma de comprender la peculiar perspectiva que tenían del mundo los homínidos prehistóricos? Entre esas figuras, en ocasiones casi abstractas, es posible descubrir los ocultos engranajes de aquellos pequeños grupos de humanos: quiénes cazaban, cómo se alimentaban, a qué tenían miedo, en qué creían. Es decir, la forma en que percibían el mundo nuestros más lejanos antepasados.

Factores de origen climático y humano se hallan detrás de un declive material del arte rupestre

Este imprescindible legado está hoy en peligro. Al menos eso es lo que señalan determinados estudios, como el informe publicado por una agrupación de investigadores en Scientific Reports, que afirman que el cambio climático podría estar deteriorando rápidamente pinturas con miles de años de antigüedad (y, por tanto, únicas e irrepetibles para la comprensión de este periodo). En cuestión de pocos años podríamos llegar a perder todo aquello que ha resistido a los distintos avatares de la historia. El caso de Arnhem Land, en Australia, evidencia con nitidez el riesgo al que nos enfrentamos. Tras la llegada del ciclón Mónica, la destrucción se abrió paso hasta una de las cuevas del lugar: algunos restos de los destrozados árboles volaron hasta el interior de la cavidad mientras los incendios asediaron –y degradaron– la zona.

Según señaló en un simposio organizado por la Universidad de Flinders el arqueólogo Daryl Wesley, los factores de origen climático y humano se hallan detrás de la destrucción material del arte rupestre que rastrea al menos hasta la mitad de la década de 1960. Y no solo a causa de los efectos más explosivos del calentamiento global. Tal como explicó en el mismo encuentro la arqueóloga Jillian Huntley, se ha descubierto recientemente que ciertos cristales salinos están ayudando a colapsar las rocas sobre las que descansan algunas de las pinturas más antiguas del mundo. La razón es sencilla: al existir un cambio constante y profundo en el clima, estos cristales se expanden y se contraen, dando lugar al señalado colapso. Para ella, el informe elaborado por el IPCC –que demuestra la causa humana del cambio climático y algunos de sus efectos irreversibles– es incluso conservador. «Se necesita alcanzar cero emisiones netas no en 2050, sino lo antes posible», defendió durante su intervención. En ello coincidía también Ania Kotarba, otra de las académicas presentes, quien señalaba que «la gravedad y la velocidad de los cambios actuales son nuevas y urgentes».

Según algunos arqueólogos, se ha producido «una rápida pérdida de escamas en estos antiguos paneles artísticos en menos de cinco meses»

Uno de los ejemplos más dolorosos se encuentra también en Indonesia, concretamente en los refugios rocosos de Maros-Pangkep, donde se hallan más de 300 cuevas con arte rupestre. A pesar de contar con una antigüedad datada entre los 20.000 y los 45.000 años, las rocas están comenzando ahora a erosionarse a causa de determinadas sales –como el sulfato de calcio– capaces de causar desprendimientos en las escamas rocosas. La razón, de nuevo, responde a los repetidos cambios de temperatura y humedad, fenómenos vinculados estrechamente al impacto causado por el cambio climático. Algo agravado, además, en las regiones tropicales, castigadas siempre con mayor intensidad por los efectos causados por el calentamiento global.

Estos impactos, más allá de su gravedad, sorprenden también por su rapidez. Según algunos de los arqueólogos desplegados en la región indonesia, se ha producido « en menos de cinco meses una rápida pérdida de escamas del tamaño de una mano en estos antiguos paneles artísticos ». Esto se ve agravado aún más por las perspectivas que depara el futuro: hasta el momento, los avances para alcanzar las metas del Acuerdo de París siguen siendo insuficientes. Todas las señales de alarma nos empujan hacia una urgencia que, sin embargo, aún podemos atajar. Al fin y al cabo, ¿puede una sociedad que destruye su pasado alcanzar cualquier tipo de futuro?

Tecnología al servicio de la lucha contra el cambio climático

El último informe del IPCC ha confirmado lo que ya se preveía: la temperatura media global está un grado por encima de la época preindustrial y la acción humana es la responsable. En este escenario, las sociedades mundiales tienen tres herramientas fundamentales para equilibrar la balanza climática: las metas de descarbonización de los Acuerdos de París, los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU y los compromisos globales recientes asumidos en la COP26. Pero hay un cuarto elemento, la tecnología, que será un pilar clave para materializar un planeta más sostenible de cara al futuro. Esto es lo que defiende el último informe de la ONU y la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU), en el que destacan seis innovaciones tecnológicas que jugarán un papel fundamental frente a la crisis climática:

Inteligencia artificial

En primer lugar, el informe asegura que la inteligencia artificial es un eje importante para “mejorar la calidad y sostenibilidad de la vida en la Tierra” a largo plazo. Con sus algoritmos, permite predecir con precisión posibles fenómenos extremos y establecer modelos climáticos para “mitigar y gestionar eventos meteorológicos como tornados, huracanes y tormentas eléctricas” de forma anticipada. Además, la tecnología artificial también puede incorporarse en la sinergia urbana y reducir la polución derivada del transporte, algo fundamental para la UIT, ya que cada año mueren 7 millones de personas como consecuencia de la contaminación atmosférica, según la ONU.

Con la inteligencia artificial se pueden mitigar y gestionar eventos meteorológicos de forma anticipada

Internet de las Cosas (IoT) y Big Data

La tecnología cada vez crece más y lo hace sin fronteras. Sin embargo, no todos los científicos del mundo disponen de los dispositivos adecuados para recopilar y utilizar la información ambiental existente. El Internet de las Cosas (IoT) permite conectar múltiples dispositivos a la Red, una función que junto al Big Data potencia el acceso y el envío de importantes cantidades de datos sin fronteras, e incluso conformar ciudades inteligentes. Así, ambas tecnologías podrían mitigar la brecha digital, facilitar las investigaciones científicas de países menos favorecidos y acelerar la lucha contra el cambio climático a nivel mundial.

5G

Junto a ellas, el 5G emerge como un sistema que aporta “mayor capacidad de transferencia de datos, mayor potencial para el procesamiento en la nube y una confiabilidad general mejorada”. El informe de la ONU y la ITU explica que el 5G es un ingrediente fundamental dentro de las ciudades sostenibles porque alimenta sistemas autónomos de seguridad y tráfico y, además, ayuda a “ahorrar hasta un 70% en el uso total de energía para redes en áreas de salud pública, seguridad, tránsito y administración”.

Gemelos digitales

Para materializar la idea de ciudad verde y sostenible del futuro, es preciso hacer ciertos simulacros. En esta tarea son muy útiles los gemelos digitales o réplicas digitales, imitaciones de objetos y ciudades reales sobre las que se estudian las consecuencias que pueden tener ciertas situaciones, buscando una mayor eficiencia. Esta idea, nacida en 2002, ahora es una herramienta puntera dentro del estudio científico porque en estas ciudades virtuales se pueden “detectar, evitar o mitigar problemas antes de que ocurran, identificar nuevas oportunidades y desarrollar planes para el futuro mediante la simulación”.

A nivel climático, estos modelos permiten adelantarse a desafíos ambientales y elaborar planes sostenibles y modelos de ciudades inteligentes, “especialmente para las ciudades que están creciendo rápidamente en población, tamaño y consumo de energía y que necesitan una gestión y un mantenimiento eficientes de todos sus sistemas”.

Las ciudades virtuales permiten adelantarse a desafíos ambientales antes de que ocurran y desarrollar planes para el futuro mediante la simulación

Tecnología espacial 2.0

La lucha contra el cambio climático también se aborda desde la atmósfera a través de la tecnología espacial 2.0. Hasta hoy, gracias a los satélites 1.0 hemos podido recoger información sobre eventos extremos como la pérdida del permafrost y las olas de calor en el Ártico. En el escenario actual, la vigilancia es aún más necesaria y “la comunidad científica espera que los datos de los satélites de próxima generación ayuden a mejorar los pronósticos inciertos” del cambio climático como la subida global del nivel del mar. Así, se espera que la tecnología espacial 2.0 no solo analice fenómenos, sino que los pronostique y permita a las sociedades actuar con determinación para combatir el calentamiento del planeta.

La tecnología es un elemento central en la misión de construir un mundo más sostenible, ya sea para reducir la contaminación del aire, crear ciudades más verdes o eliminar fronteras dentro de la investigación científica y ambiental. Por ello, las sociedades deben impulsar la innovación como palanca para acelerar la transición ecológica en todos los rincones del planeta.