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El activismo ciudadano, clave en la sociedad del futuro

En una de las miles de páginas que el filósofo Zygmunt Bauman escribió durante su vida, se esconde una pequeña frase que revela una cruda realidad: «Uno nunca puede estar seguro de lo que debe hacer, y jamás tendrá la certeza de haber hecho lo correcto». La incertidumbre forma parte (inevitable) de la vida humana y, como advertía Bauman, es obligatorio aceptarlo para así evitar angustias vitales y mirar al futuro desde otro punto de vista. Si nuestro paso por el planeta es breve, ¿por qué no actuar desde nuestra individualidad para provocar un cambio?

Bauman habló durante toda su carrera filosófica de la ‘realidad líquida’, esa que invita al movimiento sin echar raíces en ningún lugar. Y es en los albores de los retos globales donde este concepto retoma su sentido desde el activismo ciudadano: la transición hacia un mundo más verde, justo e inclusivo ya no queda encorsetada en las instituciones, sino que son los propios habitantes quienes toman riendas del asunto para provocar cambios locales de alcance global.

La participación ciudadana protagonizó parte de las Jornadas de Sostenibilidad 2021 al presentarse como herramienta fundamental para lograr, de manera cohesionada y adecuada, la transición ecológica que necesitamos

El empoderamiento ciudadano en busca de una sociedad más comprometida no ha dejado de crecer en la última década al albor de la revolución tecnológica, que ha abierto un amplio abanico de herramientas para hacer de internet un altavoz que llame a la acción. Funciona: según una encuesta de Metroscopia, en la actualidad los españoles confían mucho más en los movimientos sociales que en los políticos. 

Un ejemplo de activismo ciudadano lo tenemos en las elecciones municipales de 2015, cuando plataformas vecinales como Levantemos El Puerto (Cádiz) –una iniciativa que buscaba dar el salto a la política– se hicieron con un importante número de votos dando paso a lo que conocemos como municipalismo, esa política basada en instituciones asamblearias. Como analiza el Barcelona Centre for International Affairs, en este caso también «el cambio tecnológico ha facilitado vías de contacto mucho más informales pero al mismo tiempo fiables, lógicas de relación más horizontales y dinámicas de multipertenencia».

Saltando del activismo político al social, Change.org es un claro ejemplo de cómo las nuevas tecnologías han ayudado a la movilización ciudadana. La plataforma, que nació para dar altavoz a las iniciativas de personas particulares, registró en los seis primeros meses de 2020 un 80% más de solicitudes. En total, más de 14 millones de personas se movilizaron con alguna petición tanto en ámbitos medioambientales, como en justicia social, conflictos, economía, sanidad o educación.

En el plano físico, existen numerosos casos de cómo la ciudadanía se organiza en busca de una sociedad sostenible. Un ejemplo es el nacimiento de la app Kuorum, una herramienta digital que ayuda a gobiernos y empresas a abrir procesos de participación en comunidad facilitando, por ejemplo, el diseño de presupuestos participativos. Encontramos igualmente el caso del Consell de Menorca, que generó un debate público en busca de ideas para solucionar el problema de accesibilidad a la vivienda en las islas convocando a vecinos, poderes públicos, residentes y empresas. También plataformas como Aragón Participa, Barcelona Decidim o Irekia son casos de éxito de activación ciudadana para la transformación social.

El papel de la participación ciudadana protagonizó parte de las Jornadas de Sostenibilidad 2021, organizadas por el Grupo Red Eléctrica, al presentarse como herramienta fundamental para transformar, de manera cohesionada y adecuada, la transición ecológica que necesitamos. «Tanto individualmente como colectivamente estamos concienciados», reflexionó Juan Verde, presidente de Advanced Leadership Foundation. «La concienciación individual y comunitaria, unida al resto de agentes sociales, son piezas que encajan y que nos permitirán alcanzar los objetivos», señaló.

Europa y las empresas hablan de participación ciudadana

La relevancia del activismo ciudadano está clara para las instituciones nacionales, pero también para las internacionales. De hecho,  la Comisión Europea acaba de inaugurar un centro de competencias para fomentar la participación de la ciudadanía en el diseño de las estrategias políticas del futuro. «El aumento de las asambleas y los paneles ciudadanos en los últimos años ha demostrado dos cosas: en primer lugar, que la ciudadanía demanda participar en las políticas públicas y, en segundo lugar, que su participación es clave para mejorar la confianza en las instituciones y reforzar la democracia», reconoce la institución europea en su escrito, que proyecta iniciativas de activación ciudadana como Conference on the Future of Europe o European Democracy Action Plan.

La Comisión Europea acaba de inaugurar un centro de competencias para fomentar la participación de la ciudadanía en el diseño de estrategias políticas

También las Naciones Unidas cuentan con su propio brazo de sociedad civil y organizan talleres, debates, conferencias y otras acciones enfocadas al activismo de los ciudadanos. «El poder de convocatoria, movilización y concienciación de los movimientos sociales es cada vez mayor. Responderá con mayor energía y ejercerá esa labor de concienciación en poderes públicos y empresas», aseguró Alfredo González, secretario de Estado de Política Territorial en las Jornadas de Sostenibilidad 2021. De hecho, de los 70.000 millones de euros que llegarán a España gracias a los fondos de recuperación poscovid Next Generation, el 15% se dirigirá a los ayuntamientos que, según los ponentes, ejercen de una de las formas más fructíferas de activismo ciudadano, ya que saben lo que necesitan sus habitantes en cada momento.

No pasó desapercibido en el evento el nombre de Greta Thunberg como ejemplo de movilización ciudadana desde la generación más joven —la más implicada en las nuevas formas de activismo— a la falta de acción contra la crisis climática y social. Una chispa que ilumina la importancia de la justicia intergeneracional: dejar a los que vienen el planeta que esperan de nosotros (y que merecen). El periódico The Guardian publicó recientemente la historia de 20 jóvenes activistas que trabajan a diario para labrarse una sociedad más justa y sostenible. Sin embargo, advirtió Verde, «no debemos descargar la responsabilidad sobre ellos». «Podemos pedirles, pero también implicarnos. No hay que esperar a su impulso para actuar», matizó. El activismo ciudadano consiste, precisamente, en eso: tomar acción de forma individual para cambiar colectivamente.

El reto global de ‘ecologizar’ la economía

No existe una sola economía que tenga capacidad para salvarse del impacto del cambio climático. Tanto si es rica como si se encuentra en vías de desarrollo, los efectos de la crisis climática, como las altas temperaturas, los fenómenos climáticos extremos o la alteración de la biodiversidad no solo le pasarán factura al bienestar, sino que también alcanzarán los bolsillos de los ciudadanos. Esta es la conclusión a la que llega el Long-term macroeconomic effects of climate change del Institute for New Economic Thinking, asegurando que, de no cumplir con el Acuerdo de París, en 2100 el aumento de la temperatura global (0,04 grados por año) habrá hecho menguar en un 7,22% el PIB per cápita mundial. Este es el PIB conjunto de Australia, Bélgica, Canadá, Alemania y Sudáfrica.

Además, como indica una encuesta realizada por el Foro Económico Mundial, los ciudadanos ya no creen que sus Gobiernos puedan cambiar este futuro –el 53% opina que las instituciones públicas no están haciendo lo suficiente– y, por ello, miran hacia las empresas, que consideran han hecho mucho más de lo que debían para avanzar en los Objetivos de Desarrollo Sostenible y reducir grandes problemas como el cambio climático, la desigualdad y la hambruna. En este nuevo escenario de confianza se celebró la Cumbre Anual de Impacto en el Desarrollo Sostenible, a fin de dar con soluciones empresariales para trabajar en la ‘ecologización’ de las economías y poner freno a los riesgos ecosociales de la crisis ambiental.

Más allá del evidente cumplimiento de los ODS, el centenar de líderes empresariales, políticos, gobiernos y agentes sociales convocados en el Foro Económico Mundial en septiembre llegaron a la conclusión de que la colaboración público-privada debe ser inmediata. Así, el ‘business as usual’ –traducido como la tendencia tradicional de las empresas a buscar el mayor beneficio sin tener en cuenta otras consecuencias no económicas– debería desaparecer por completo. Invertir en prevención resulta esencial para reducir los impactos financieros del cambio climático y trabajar de la mano del sector público en la predicción y el conocimiento de riesgos es el camino a seguir.

El cambio climático provocará en 2100 una merma del 7% del PIB mundial si no se frena a tiempo

«Tenemos muchos más posibles daños a largo plazo que hace 20 años, por lo que necesitamos un modelo global accesible para todas las regiones», aseguró John Haley, CEO de Willis Towers Watson. Lo ejemplificó con el proceso de predecir un terremoto. «Tras la ola de terremotos de los 90, los estados construyeron un modelo de predicción global donde todo el mundo podía acordar cuáles eran los mayores riesgos e identificar cómo minimizar el impacto. Era algo con consistencia, transparente, y eso es precisamente lo que necesitamos en nuestra economía».

En este sentido, otra de las ideas auspiciadas por el economista Paul Donovan derivaron en el concepto de la ‘desglobalización’, un salto que consistiría en un modelo de producción local más eficiente y, por tanto, menos contaminante. Aunque con matices. «A pesar de que es una alternativa mucho más sostenible tenemos que tener en cuenta que, debe existir una estrategia paralela para poder lidiar con las posibles consecuencias que esto provoque en la economía».

Comprometerse a las ‘emisiones cero’ es, quizá, una de las propuestas más evidentes y necesarias, pero no por ello menos complicada para el sector empresarial –y para la economía, en general–. «Alcanzar la neutralidad es muy caro», avanzaba en el encuentro Rich Lesser, de Boston Consulting Group. Resulta fundamental, según él, la colaboración, primero, entre los eslabones de la cadena de producción y, posteriormente, entre los distintos sectores que componen la economía. «Para muchos países, la neutralidad climática no sale a cuenta. Por eso necesitamos dar un paso adelante y crear mejores sinergias, más allá de nuestras fronteras, para fomentar la transición desde la microeconomía y la macroeconomía», aseguraba.

¿Qué implica esto? Asumir, primeramente, que el 80% de la inversión en esta transformación debe nacer del sector privado. «Adaptarnos a estos impactos no es solo tomar parte de nuestra responsabilidad, también proporcionar trabajos y competitividad que cambiará el mundo», aseguraba Feike Sybesma, de Royal Phillips. Y en segundo lugar, ser conscientes del reto que supone abandonar la financiación asociada a las emisiones: según el estudio The Time To Green Finance, solo un 25% de las entidades analizadas hacían un seguimiento de las emisiones derivadas de sus actividades. «Necesitamos apostar por ser transparentes y coordinarnos con el resto de sectores para apostar por una transición transparente y eso lo haces con una metodología aceptada, donde todos hablemos el mismo lenguaje», defendía Alison Martin, del Zurich Insurance Group.

Atención a las economías emergentes

Frente a la vorágine de pandemias, crisis climática e inestabilidad económica, el foco se sitúa de manera decisiva sobre el papel que juegan las empresas en las transformaciones sociales. Los criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) son por ello fundamentales para que las entidades desarrollen estrategias que maximicen sus impactos positivos tanto en el desarrollo ambiental como en el económico, ya que ambos van de la mano. Y aquí las economías emergentes –aquellas que no se incluyen en la categoría de países subdesarrollados, pero tampoco cumplen como potencias mundiales– pueden jugar un papel fundamental, según las conclusiones de la Cumbre.

En una crisis de confianza con las instituciones públicas, el sector privado se percibe con la capacidad suficiente para dar con soluciones a los retos globales

Tradicionalmente, estos países han sido interpretados como inversiones arriesgadas, especialmente cuando se tratan de criterios ESG. Una visión que, en la actualidad, el Foro Económico Mundial describe como «una barrera que limita las oportunidades para favorecer la recuperación pospandemia». «Si vives en un país rico, tan solo te afecta el ODS del clima. Y centramos nuestra inversión y nuestro valor en ese. Sin embargo, la pobreza, el hambre, la inseguridad sanitaria y la injusticia afecta al resto», reflexionaba Majid Jafar, de Crescent Petroleum. ¿Cómo es posible garantizar una transición económica justa y sostenible si sus criterios no prestan atención al resto de territorios?

En resumen, el puente hacia la recuperación sostenible se cimenta en cuatro pilares, según concluye la Cumbre. El primero, los principios de gobernanza que sitúan el propósito frente al beneficio en las actividades económicas; el segundo, la ambición por proteger el planeta a través del consumo responsable y el uso sostenible de los recursos; en tercer lugar, acabar con la pobreza y la hambruna para asegurar que todos los habitantes jueguen en el mismo lado de la igualdad y, por último y más importante, la apuesta por la prosperidad. Una prosperidad que asegure una vida decente a todo ser humano, pero también un progreso económico, social y tecnológico en consonancia con la naturaleza.

Arquitectura regenerativa, el camino hacia un futuro habitable

Antoni Gaudí, uno de los arquitectos españoles más estudiados y reconocidos, aseguraba hace más de 100 años que “el arquitecto del futuro se basará en la imitación de la naturaleza, porque es la forma más racional, duradera y económica”. El futuro al que hacía referencia ya está aquí, y no son pocos los profesionales que han tomado su predicción como máxima para que los edificios en los que desarrollamos nuestra vida logren cohesionar la actividad humana y la de la naturaleza.

Diversos estudios apuntan a que el sector de la construcción es responsable del consumo del 50% de los recursos naturales y el 40% de la energía, y que  genera, además, cerca del 50% de los residuos. La propia Comisión Europea ha confirmado que nuestros edificios emiten el 36% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

El sector de la construcción consume el 50% de los recursos naturales, el 40% de la energía y genera el 35% de los residuos

La arquitectura camina desde hace años hacia la sostenibilidad buscando minimizar el impacto medioambiental de las edificaciones. Pero, más recientemente, se ha comprendido que esto no es suficiente. Y es que este tipo de arquitectura sostenible no ha abandonado aún el nicho de las construcciones “estáticas” y, como indica el arquitecto William McDonough, “los edificios deben funcionar como árboles y las ciudades como bosques”. Ya no se trata de imitar sino de integrar, construyendo edificios autosuficientes y ecológicos que restauren, renueven y revitalicen los materiales y fuentes de energía empleados tradicionalmente. Es lo que se conoce como arquitectura regenerativa.

Un ejemplo claro de lo que esta disciplina puede lograr tiene que ver con la reducción de emisiones de CO2, ya que convierte los propios edificios en instrumentos que absorben dichos gases. Esto se consigue incorporando al mismo una considerable masa vegetal, principalmente compuesta por césped y diversos arbustos tupidos. Una medida que además permite reducir las altas temperaturas en el edificio, mejorando así la eficiencia y estrechando la conexión directa con la naturaleza de las personas que lo habiten.

Si hablamos del consumo energético y de recursos todo consiste en sustituir edificios consumidores por edificios productores. Las posibilidades son múltiples: desde la instalación de paneles solares que generen energía verde al uso de materiales de construcción restaurados o la plantación de jardines comestibles, una nueva tendencia de cultivo ecológico de todo tipo de vegetales, frutos, hierbas aromáticas y flores, que puedan ser cuidados por los habitantes del edificio reforzando su concienciación ecológica y facilitándoles una fuente de alimentación sana.

La arquitectura regenerativa logra que los edificios funcionen como árboles y las ciudades como bosque

La Universidad Mexicana del Medio Ambiente (UMA), diseñada por el arquitecto Oscar Hagerman y operativa desde 2014, es pionera en la aplicación de esta arquitectura regenerativa. El complejo cuenta con cubiertas vegetales que proporcionan aislamiento térmico; medios de captación pluvial, para abastecer los sistemas sanitarios y de reciclaje de aguas para el riego; o viveros y jardines comestibles en las inmediaciones. Además, en su construcción sólo se emplearon materiales naturales de bajo impacto ecológico cuyo sobrante se reutilizó, mezclado con estiércol, para el revestimiento de sus muros. Así, esta universidad convierte su propio espacio en una lección en vivo para sus estudiantes.

Un ejemplo más ambicioso de arquitectura regenerativa es el proyecto para la nueva Torre Pirelli de Milán, diseñado por el arquitecto Stefano Boeri, que ya ha realizado con gran éxito edificios similares. Se trata de un rascacielos con 1.700 metros cuadrados de vegetación en su fachada, pensado para absorber 14 toneladas de CO2 y producir nueve toneladas de oxígeno por año. Además, este edificio cubrirá el 65% de sus necesidades totales de electricidad a través de paneles solares. El propio Stefano Boeri asegura que el nuevo edificio “equivale a instalar un bosque de 10.000 metros cuadrados en el centro de Milán”.

Son ejemplos de peso que nos obligan a profundizar en esta corriente de la arquitectura regenerativa como vía ineludible para asegurar la imprescindible sostenibilidad de los recursos naturales y para volver a conectar las ciudades con la naturaleza.

Seis años de los ODS, ¿en qué punto estamos?

Los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 auspiciados por las Naciones Unidas cumplen más de un lustro en un contexto mundial no solo inesperado, sino impredecible: aunque las mejoras en las medidas sanitarias para contener el avance de la pandemia –especialmente en los países desarrollados– demuestran surtir efecto, el reguero de efectos colaterales que el coronavirus ha dejado en el planeta emborrona las lentes con las que miramos el futuro. ¿Será posible, finalmente, erradicar la pobreza tras el parón económico? ¿Podrá garantizarse la atención sanitaria en todos los rincones del planeta tras el colapso provocado por la covid-19? ¿Conseguiremos pisar el freno antes de superar el límite de los 1,5 ⁰C en 2030?

El objetivo de los ODS incluye el resolver los importantes retos que implica la interconexión entre el medio ambiente y el ser humano

Para Antonio Gutierres, secretario general de las Naciones Unidas, «esta crisis amenaza décadas de progresos en sostenibilidad y hace más evidente que nunca la necesidad de transicionar a un sistema más verde». Las cifras que apunta el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2021 –un estudio de las Naciones Unidas que analiza junto a 50 organizaciones internacionales  la evolución de los ODS en el último año– ya las conocemos: incremento de la pobreza, pérdidas económicas, dificultades para acceder a la educación y sistemas sanitarios maltrechos tras luchar por dar oxígeno a la población. Pero si echamos la vista atrás, observaremos que el camino que los ODS han construido en estos últimos seis años han hecho de nuestras sociedades unas más sostenibles y resilientes. Y es esa fotografía la que puede guiarnos a partir de ahora.

Más salud, más acceso a servicios básicos

Los ODS nacieron en 2015 como sustitutos de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) que, durante 15 años, marcaron grandes progresos en la reducción de la pobreza, el acceso a saneamiento, salud materna, educación y la lucha contra enfermedades infecciosas como el sida o la tuberculosis. El guante que recogieron una vez lanzados abrió el alcance hacia un ámbito también medioambiental con el objetivo de resolver los importantes retos que implica esa interconexión entre el medio ambiente y el ser humano y a los que nos seguimos enfrentando hoy en día. Con la herencia de los ODM, los resultados de los ODS llegaron pronto: hasta la actualidad, más de 1.000 millones de personas han conseguido salir de la pobreza extrema, la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad al igual que la población sin escolarizar y las infecciones por el VIH/SIDA se han reducido en casi el 40%, según el Informe sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible 2020.

Los países han logrado grandes avances a la hora de conservar al menos el 10% de las zonas costeras

De forma individual, además, estas nuevas metas han alcanzado importantes resultados positivos. El ODS 3 (Salud) ha conseguido incrementar en un 64% los nacimientos atendidos por profesionales en los países en vías de desarrollo, además de marcar mejores límites a las enfermedades infecciosas. Y el ODS 7 (Acceso universal a energía), ha batido récords al incrementar la electrificación mundial hasta el 90%, frente al 83% en 2010.

En la erradicación de la pobreza extrema (ODS 1), Asia oriental y los países desarrollados han presentado buenos avances en 2020 si se toma como referencia el año 2015. Y en la promoción de empleo sostenido (ODS 8), todas las sociedades han registrado avances a la hora de mantener el crecimiento económico per cápita y lograr empleo productivo para todos. Además, en materia de biodiversidad, la mayor parte de los estados han logrado grandes avances a la hora de conservar al menos el 10% de las zonas costeras, un importante hito que minimiza la acidificación de los océanos y la pérdida de biodiversidad, tan esencial para el ser humano.

Y, ¿hacia dónde vamos?

El balance de ese tercio de recorrido en la Agenda 2030, que ya hemos superado, deja según la organización Open ODS, sin respuesta a esa pregunta. «Nadie, ni las agencias de Naciones Unidas, ni la academia, ni los propios gobiernos, pueden responder con honestidad a esta pregunta. Tenemos una foto fija de los ODS, pero no las causas que nos permitan interpretar las posibles consecuencias». Pero esto no tiene por qué interpretarse como una conclusión negativa. En realidad, las 169 metas y 244 indicadores han conseguido algo inédito: que el sector público y el privado sean copartícipes de la meta común de hacer del sistema económico, político y social uno más sostenible y resiliente. Desde un enfoque local hasta uno internacional, lo que permite conocer con precisión la realidad de cada país.

«Ahora podemos saber cuál es la situación de pobreza extrema, de igualdad, de biodiversidad o de la calidad de los recursos hídricos en cada Estado», concluye la organización. Esto permite conocer el perfil de cada nación y actuar en consecuencia. Aunque queda algo de camino, especialmente en ámbitos como la reducción de la desigualdad entre países (ODS 9) o la protección de los ecosistemas terrestres (ODS 15). Hacen falta más datos. «Sin una medición que llegue hasta los niveles subestatales los resultados no serán concluyentes» advierte Open ODS. El camino que ya está hecho no puede caer en el abandono, porque la vida del planeta va en él. Quizá dentro de otros seis años todo haya cambiado (a mejor).

Así podemos reducir nuestra huella ecológica en internet

Aunque es difícil de percibir, la huella ecológica digital no se trata de un posible problema futuro sino de una realidad que a día de hoy ya tiene un importante peso. Cada uno de nosotros deja, en sus travesías digitales, pequeños impactos en el medio ambiente que, como esquirlas, dejan una senda intransitable. Es más, sus emisiones de gases de efecto invernadero se pueden medir incluso en toneladas de dióxido de carbono.

La visualización de media hora de una película en streaming emite 1,6 kilogramos de dióxido de carbono, lo que equivaldría a conducir 11 kilómetros en un coche

Cuando enviamos un correo electrónico emitimos entre 4 y 50 gramos de dióxido de carbono, en función de si lleva documentos adjuntos o no, según cálculos de The Carbon Literacy Project, y cuando vemos media hora de una película en streaming emitimos 1,6 kilogramos de CO2, una cantidad similar a la que generaríamos conduciendo un coche de gasolina durante algo más de 11 kilómetros (según datos de la Agencia Europea de Medio Ambiente, un coche de gasolina de tamaño mediano emite de media unos 143 gramos de CO2 por kilómetro). Según datos de 2019 publicados por Netflix, la compañía consumió a nivel global 451.000 megavatios por hora al año, lo que es equivalente al nivel de energía necesario para atender las necesidades de 37.000 hogares. Esto ocurre por una razón sencilla, si bien oculta tras nuestras pantallas: el universo digital es, en realidad, una enorme maraña de cables escondida tras las numerosas filas de servidores que dan cobijo a internet.

Cómo reducir esta huella ecológica en pocos pasos

Limitar este impacto ambiental es relativamente sencillo. En cualquier caso, se trata de racionalizar tanto como sea posible nuestra actuación digital. Esto es evidente en el caso de los correos electrónicos: cuantos menos mensajes superfluos enviemos, menor será, a su vez, nuestra propia huella de carbono. Este servicio, por tanto, debería restringirse a intercambios de importancia considerable, sin los que el engranaje corporativo —o personal— se vuelve imposible de manejar. Los porcentajes no mienten: el 61% de los e-mails no son esenciales, mientras que el 68,8% del tráfico de correo electrónico es puro spam. También es positivo sustituir el envío de mensajes por un sistema de documentos compartidos, como es el caso de las organizaciones que funcionan establecidas bajo el combustible de la nube digital. Incluso la compresión del tamaño relativo a los archivos adjuntos en los correos —así como la eliminación de aquellos que ya no nos interesan— se define actualmente como una medida positiva.

Otras medidas conciernen principalmente al tiempo de uso. Es el caso no solo de las redes sociales, donde se invierte una gran cantidad de minutos a lo largo del día, sino también del ordenador. ¿Es necesario dejarlo encendido durante todo el día o, por el contrario, es posible apagarlo? Si la última opción es plausible, hemos de saber que con ello ahorraremos una considerable cantidad energética, al igual que ocurre con otros objetos electrónicos, como la televisión. El consumo de tiempo en internet, por lo tanto, es más o menos equivalente a la producción contaminante: cuanto más tiempo invirtamos en la red, más emisiones produciremos. Esto nos retrotrae a un factor principal de la sostenibilidad, como es el consumo responsable.

Cuanto más tiempo invirtamos en la red, más emisiones produciremos

También hay alternativas que funcionan como un pequeño contrapeso, tal como ocurre con el ejemplar caso de Ecosia, un buscador online con el que se elimina hasta 1 kilogramo de dióxido de carbono. Si la pregunta es cómo, la respuesta es sencilla, ya que los usuarios que utilizan este peculiar buscador estarían plantando árboles con cada solicitud de búsqueda. Con esto no solo se vuelve neutral en cuanto al impacto del carbono; ayuda a eliminarlo de forma activa. Según sus datos, Ecosia ha plantado ya 130 millones de árboles.

Toda acción individual, eso sí, aumenta su potencia si la transformamos hacia una acción colectiva. Así, si nuestro entorno más cercano consigue eliminar esas pequeñas fuentes de contaminación, estaremos multiplicando la reducción de esta huella de carbono. No obstante, todo se reduce a una constante sencilla por la que cabe preguntarse si merece la pena este gasto de nuestro tiempo en la red. Una pregunta crucial en cuanto a que la emisión de gases por actividad digital, ahora mismo, parece depender tan solo directamente de nosotros. Puede que para mirar al futuro debamos dirigir nuestros ojos, hoy, fuera de la pantalla.

Semana Mundial del Agua: Consejos para ahorrar agua en los hogares

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La edición anual de la Semana Mundial del Agua, celebrada en Estocolmo durante este mes de agosto, se encuentra ante un punto de inflexión. Su nuevo formato digital promete alcanzar a un mayor número de personas y convertir los retos del agua en lo que realmente son: un problema que concierne a todos. La prueba última de que la cooperación global es, ahora, más necesaria que nunca.

Seis lecturas de verano para comprender el reto de proteger la naturaleza

Llegan las semanas de descanso. Un momento perfecto para aprovechar el tiempo para leer lo que la rutina diaria no nos deja, relajarnos y, por qué no, ampliar horizontes con otro tipo de ejemplares literarios que abordan temáticas como el cambio climático o la preservación de especies. En este artículo recopilamos seis ensayos para reflexionar sobre el medio ambiente y nuestra relación con el entorno natural. 

El sentido del asombro, de Rachel Carson

La bióloga y escritora estadounidense Rachel Carson, que vivió a comienzos del siglo XX fue una de las pioneras de lo que ahora llamamos la ética ambiental o el ecologismo. En este ensayo, que parte de un artículo publicado en una revista que fue ampliando, desarrolla su pensamiento ligado al respeto por el medio natural, el pacifismo y una educación centrada en respetar el sentido del asombro de los niños y su capacidad para los cuidados antes que para la destrucción.

Perdido en el paraíso, de Umberto Pasti

Autor de numerosos libros de divulgación sobre jardinería, el italiano Umberto Pasti decidió un buen día establecerse en la aldea de Rohuna, en el norte de Marruecos, no muy lejos de Tánger, para realizar su proyecto soñado: un gran jardín de especies en peligro de extinción para así preservarlas. El paisaje que había elegido era seco, aislado, sin carreteras, agua o electricidad. Esta es la historia de cómo llevó a cabo con éxito su proyecto y además convirtió Rohuna en su hogar.

En islas extremas, de Amy Liptrot

La escritora Amy Liptrot se mudó de vuelta desde Londres a la vieja granja de las Islas Orcadas, en Escocia, donde pasó su infancia. Huyendo de la precariedad y otras circunstancias vitales por las que atravesaba, el regreso a los paisajes naturales donde creció la permite levantar una nueva vida en comunión con su entorno. Unas memorias noveladas que recogen las verdaderas experiencias de su autora a modo casi de diario íntimo.

El murciélago y el capital, de Andreas Malm

El ecologista Andreas Malm escribió este ensayo de plena actualidad en mitad de la pandemia. Con calma, pero sin ocultar la urgencia de la crisis climática, el activista sueco explica cómo la pandemia del coronavirus es inseparable del sistema económico en el que se produce y de un estilo de vida que condena al planeta, a la biodiversidad y a nosotros mismos. Malm conserva una nota de optimismo para describir las oportunidades de cambiar de modelo y las experiencias que ya están funcionando en diversas partes del mundo.

Walden, de Henry David Thoreau

El más antiguo. Un clásico es un clásico. En los árboles de la sociedad industrial y el nacimiento de los EEUU, el activista y escritor Henry David Thoreau decidió marcharse a vivir en la naturaleza en una cabaña construida por él mismo y alimentándose de su propia huerta. Durante ese tiempo llevo un diario de sus pensamientos y sus vivencias que publicó más tarde en este tomo, en el que reivindica la vida en comunión con el medio natural como la verdadera libertad para el ser humano y la necesidad de ser consciente del coste de nuestra comodidad.

Perdiendo el Edén, de Lucy Jones

La periodista inglesa Lucy Jones recoge en este ensayo en parte autobiográfico las investigaciones más recientes sobre la necesidad de las personas de vivir en contacto con la naturaleza. Un repaso divulgativo de cómo el medio natural marca nuestro lenguaje, nuestra forma de vivir y nuestro ánimo incluso en las modernas ciudades del siglo XXI en las que pasamos el 90% de nuestro tiempo entre cuatro paredes. Jones describe las escuelas forestales cada vez más comunes en el norte de Europa o los últimos avances en terapia en la naturaleza, además de reflexionar sobre el estilo de vida del Occidente actual.

Plástico en todas partes: desde el aire de Madrid a zonas remotas del planeta

Desde hace años, la gestión de residuos se ha convertido en uno de los mayores retos a los que ya se enfrenta la humanidad. Según la organización británica Verisk Maplecroft la basura que generamos asciende a más de 2.100 millones de toneladas de desechos cada año. De toda ella, la que está provocando un daño irreparable –de seguir al ritmo actual– es la generada por los residuos de plástico. Tan solo en 2018, se produjeron 359 millones de toneladas de este material a nivel global y cada minuto se vende un millón de botellas de plástico que tardan en descomponerse a la intemperie, de media, 450 años –1.000 si no están al aire libre–. Las cifras son un tanto escalofriantes, sobre todo cuando nos damos cuenta de que ocho millones de toneladas de residuos plásticos acaban en los mares y océanos cada año, arrasando con la biodiversidad marina a su paso. Según el estudio Plastic rain in protected areas of the United States (Lluvia de plástico en áreas protegidas de Estados Unidos) publicado en la revista Science, se estima que para 2025 se habrán acumulado en la naturaleza 11.000 millones de toneladas métricas de plástico. 

Cada año se generan más de 2.100 millones de toneladas de basura globalmente

No hace falta esperar un lustro para reconocer una realidad de la que no siempre somos conscientes: ningún lugar está a salvo de la contaminación por plásticos. El citado estudio, llevado a cabo por varios investigadores de diferentes universidades estadounidenses, como la estatal de Utah, el Community College de Salt Lake y el Thermo Fisher Scientific, alerta de que incluso en áreas remotas de los parques nacionales y espacios naturales protegidos de Estados Unidos se han encontrado partículas de microplásticos. Solo en el sur y el medio oeste del país se estima que llegan anualmente 1.000 toneladas de este material, transportadas por el viento y la lluvia. Esto es, el equivalente a unos 300 millones de botellas de plástico. Esta investigación, llevada a cabo ente 2017 y 2019, no deja lugar a dudas: las nubes y los vientos tienen la capacidad de arrastrar los residuos de plástico mal gestionados a zonas remotas y expandirlos a través de las precipitaciones. Nos encontramos, de esta manera, con verdaderas tormentas de plástico.

Se estima que para 2025 se habrán acumulado en la naturaleza once mil millones de toneladas métricas de plástico

Los investigadores, que han analizado materiales depositados en parques nacionales como el Gran Cañón o las Montañas Rocosas, detectaron que tanto en épocas húmedas como secas hay presencia de plásticos en el 98% de las muestras tomadas. Los autores muestran sorpresa, especialmente, por la presencia de partículas utilizadas en la industria textil que, confiesan, probablemente se desprendan de los visitantes que acuden a estas zonas a diario. Sin embargo, también recuerdan que, de las muestras húmedas, tomadas tras tormentas o lluvias, se han encontrado restos de partículas procedentes de centros urbanos, lejanos a los espacios protegidos. Se puede deducir, por tanto, que estos contaminantes llegan a través del agua de lluvia. 

Estados Unidos no es un caso aislado

Más allá de los microplásticos encontrados en las áreas protegidas del país norteamericano, otras investigaciones también han hallado indicios de partículas de este tipo de residuo en zonas elevadas como los Pirineos, en la atmósfera de ciudades como París o Madrid, o en reservas de la biosfera como la de La Mancha Húmeda, compuesta por humedales ubicados en las provincias de Toledo y Ciudad Real. No hay lugar del mundo que se salve: desde la profundidad de los océanos hasta el pico más alto de la Tierra, los contaminantes plásticos han llegado incluso al Everest

Se han hallado indicios de partículas en los Pirineos, en la atmósfera de Madrid y en reservas de la biosfera como la de La Mancha Húmeda.


Las cifras lo demuestran: con una producción de plástico que crece cada año, y con una demanda cada vez mayor, la biodiversidad y la salud de los ecosistemas del planeta están en riesgo. Pero cuando la Tierra enferma, la salud humana empieza a pender de un hilo: sin una biodiversidad sana y robusta, hay más posibilidades de que enfermedades que hasta ahora se quedaban en el mundo natural lleguen al ser humano. Además, a mayor contaminación atmosférica, más posibilidades de contraer enfermedades cardiovasculares o respiratorias y desarrollar cáncer. Pero no solo eso: hay estudios que aseguran que la contaminación del aire está directamente relacionada con un aumento de los problemas de salud mental. Otros, directamente la señalaban antes de la llegada de la covid-19 como la cuarta amenaza más importante de defunciones a nivel global. La salud humana y del planeta viajan de la mano, por eso eliminar los plásticos de un solo uso de la ecuación, reducir al máximo nuestra dependencia de este material y su adecuada gestión y reciclaje puede marcar la diferencia.

El nuevo plan de la Unión Europea para dejar de contaminar el aire, el agua y el suelo

El pasado 21 de mayo, la Unión Europea adoptó el Plan de acción ‘Hacia una contaminación cero del aire, el agua y el suelo’, una nueva hoja de ruta con la que pretende empezar el camino hacia una Europa con cero contaminación del aire, el agua y el suelo. El motivo está claro: acabar con uno de los problemas que ha generado la grave crisis climática que vivimos, que afecta al medio ambiente, pone en peligro de extinción a una gran cantidad de especies y genera graves problemas de salud en las personas (cada año mueren siete millones de personas por enfermedades derivadas de la polución, según las cifras de la Organización Mundial de la Salud).

Cada año mueren siete millones de personas por enfermedades derivadas de la polución

En el marco del nuevo plan, la Unión Europea se plantea seis objetivos de cara al 2030. El primero es mejorar la calidad del aire para reducir en un 55% el número de muertes prematuras causadas por la contaminación. El segundo, reducir los desechos y el uso de plásticos que dañan el agua del mar en un 50% y los microplásticos que se liberan al medio ambiente en un 30%. El tercero, reducir las pérdidas de nutrientes y el uso de pesticidas químicos en un 50% para cuidar la tierra. El cuarto es el de disminuir en un 25% los ecosistemas contaminantes del aire que suponen una amenaza para la biodiversidad. El quinto consiste en reducir la contaminación acústica en un 30% para una mejor calidad de vida de la población. Y, el sexto y último, es reducir en un 50% los residuos producidos en las urbes.

Las cinco claves del plan

La ambición de la cero contaminación. Se trata, dicen, de “un objetivo transversal que contribuye a la Agenda 2030 de las Naciones Unidas para el Desarrollo Sostenible y complementa el objetivo de neutralidad climática”. La manera de hacerlo es a través de un marco legislativo en el que incluir la prevención contra la contaminación en todas las políticas e iniciativas de la Unión. A través de soluciones basadas en la naturaleza y la digitalización, la Unión Europea pretende transformar los modelos de producción y consumo, y apostar por un modelo de negocio de economía circular que sea más limpio.

Mejorar la salud y el bienestar. Es uno de los objetivos principales de todo el plan. Para conseguirlo, la Unión Europea pretende alinear los estándares de calidad del aire con las próximas recomendaciones de las Naciones Unidas, además de proveer a las autoridades locales de los modelos para mantener el aire limpio y ayudar a la monitorización de las emisiones. También aspira a reducir la contaminación del aire en los interiores de los hogares y edificios que provienen de fuentes como los sistemas de calefacción y aire acondicionado, y del tabaquismo.  

Vivir dentro de los límites del planeta. Para conseguirlo, apuntan, “debemos implementar los marcos regulatorios existentes que protegen el aire, las aguas dulces, y los mares y océanos más rápido y mejor, mientras se trabaja urgentemente hacia un nuevo marco. Además de evaluar periódicamente el estado de la tierra para tomar medidas para evitar su daño”. Para conseguirlo, los estados miembros deben cumplir con la normativa que regula la contaminación del aire. Además, se pondrá especial atención en el cuidado del agua de los mares y océanos, promoviendo transportes marinos que no generen emisiones. También pretende eliminar los contaminantes y nutrientes de las aguas residuales para tratarlas y hacer viable su reutilización.

Hacia la cero contaminación de la producción y el consumo. La Unión Europea revisará la Directiva de Emisiones Industriales para acelerar la transición hacia una producción que genere cero emisiones. Además de que los materiales que se usen para bienes de consumo deberán ser lo más sostenibles que sea posible.
Garantizar una implementación y una ejecución de las normas más estricta. Para ello, la Unión Europea pretende promover las relaciones entre las autoridades nacionales y las redes europeas de agencias, inspectores, auditores, policía, fiscales y jueces que trabajan en el área del medio ambiente. Además, insta a la sociedad civil a participar como guardianes de que se cumplan las normativas, garantizando una mayor participación y mayor acceso a la justicia en caso de ser necesario.

Español en clave de sostenibilidad

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Más de 585 millones de personas hablan español, esto es el 7,5% de la población mundial. Con motivo del Día de la Lengua Española, que Naciones Unidas celebra cada 23 de abril, hacemos un repaso por las palabras y conceptos que has de conocer en nuestro idioma para hablar de ese futuro sostenible que todos anhelamos.